Manuel Herminio Iglesias
DENDE SEIXO-ALBO
A realidade supera á ficción
La grave crisis económica que estamos atravesando ha encontrado en España un lugar propicio para asentarse más cómodamente y, por lo tanto, por más tiempo. Resulta comprensible si tenemos en cuenta que a los errores cometidos por el presidente del Gobierno -ocultándola en su inicio y, posteriormente, mostrando falta de eficacia al gestionarla- se suma el hecho de que se ha visto favorecida por la existencia de un modelo económico ya agotado. Esto se debe principalmente a la falta de solidez por la fuerte dependencia del ladrillo y por los excesos cometidos en sus aledaños.
Sin embargo, más lamentable resulta, si se puede establecer una cuantificación, la falta de provisión de futuro con vistas a crear riqueza. Esto nos ha llevado a tener un país carente de un sistema de innovación bien dotado que, llegado un momento como este, nos hubiese permitido adaptarnos a las nuevas dinámicas de la economía mundial. Aumentaríamos de este modo nuestra competitividad en los sectores punteros de alta tecnología. Hoy, estos sectores están siendo la vía de recuperación en todos aquellos países que sí tuvieron una más acertada visión de futuro. Pero las opiniones de expertos y de medios económicos son coincidentes: todos afirman que el tren de la innovación, que podía habernos sacado de la actual crisis, lo hemos perdido definitivamente.
La capacidad de desarrollo tecnológico en España siempre ha sido escasa y de corta tradición. De ahí el demasiado discreto papel que ocupa en el ranking mundial nuestro país. Por este motivo, no se ha logrado satisfacer la demanda de los sectores productivos y se ha visto en la necesidad de recurrir a la tecnología extranjera, cerrando las puertas a nuevos empleos y mercados.
En los años previos a la crisis, determinados sectores y medios, conscientes de la necesidad de crear una sociedad más avanzada y competitiva, comenzaron a insistir en la urgencia de potenciar la I+D+i. Se crearía así la base tecnológica de la que carecíamos. Para lograrlo, demandaban mayor inversión del Gobierno y de las empresas a la vez que una mejor preparación y concienciación por parte de una sociedad como la nuestra, tan proclive a vivir de espaldas a la ciencia y la tecnología. Lamentablemente, a la vista de los resultados, se puede apreciar que estas iniciativas no han cosechado el éxito deseado. Para comenzar a despegar era imprescindible destinar un mayor número de fondos para la investigación y potenciar la excelencia a través de la formación de los jóvenes. Las empresas, por su parte, requerirían más ayudas como incentivos fiscales e inversión en capital riesgo que les permitieran financiar la transformación de las estructuras productivas.
En el orden político urgía un control y, sobre todo, una coordinación efectiva sobre las políticas de innovación de las diferentes comunidades autónomas para evitar duplicidad, desigualdad y determinados localismos estériles. Para alcanzar este punto sería prioritaria la existencia de un ministerio política y económicamente fuerte, que llevase a cabo dicha coordinación y potenciase las políticas de I+D+i. De esta forma se podría comenzar a hablar de oportunidades de futuro para el país dentro de una economía globalizada.
Sin embargo, cualquier esperanza se ha visto frustrada con el desmantelamiento del Ministerio de Ciencia y Tecnología a la llegada de Rodríguez Zapatero al Gobierno. La posterior creación del Ministerio de Ciencia e Innovación, nada ha remediado porque ha nacido bajo el signo de la precariedad. Esto no impide que en ocasiones se convierta en escenario de las rivalidades de los diferentes sectores, ministerios y comunidades autónomas, más empeñados en repartirse su exiguo pastel presupuestario que en convertirlo en el punto de encuentro para coordinar y avanzar en las tan necesarias políticas innovadoras.
Con un panorama tan poco halagüeño como evidencian a diario los altos índices de paro y nuestro posicionamiento en los indicadores de la Unión Europea, de la OCDE, o de nuestros propios medidores internos, no debía de existir la menor duda de que no queda otra alternativa que innovar. Ello supondría crecimiento, nuevos empleos y nuevos mercados, además de incorporarnos a las economías avanzadas de las que nos está alejando irremediablemente la incompetencia del actual Gobierno.
La innovación debiera ser para España un objetivo prioritario ya que hace años que dejó de ser futuro para convertirse en presente. Para ser presente en nuestro país, se hace imprescindible llevar a cabo, sin dilación, una serie de reformas que impliquen una mejora del nivel educativo, una mayor vinculación entre universidad y empresa, mayor control de las subvenciones, una coordinación autonómica real para huir de la fragmentación, un buen sistema de financiación, fluidez con el sector productivo con una mayor implicación e inversión por parte de este y, sobre todo, crear una cultura innovadora imprescindible para lograr el crecimiento, el desarrollo sostenible y la competitividad que necesitan nuestras empresas. Sería la única manera de no volver a perder el tren.
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