José María Eguileta Franco
DIARIOS DO PASADO
Escavacións arqueolóxicas nas orixes de Ourense: a praza da Madalena
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La historia de mi familia no es mejor ni peor que la historia de cualquier familia. Solo es la historia de mi familia.
Pero me halaga tu decepción.
Nací ya cuando mi abuelo estaba arruinado que, aunque no lo parezca, tener dinero también supone una responsabilidad, y cuando todo se le fue a la mierda y yo llegué al mundo él ya tenía que trabajar de basurero porque todas las puertas se cerraron de golpe. Las que incluso él abrió.
A mi madre, un buen día, la dejaron sola, en el paro, con dos hijos y sin manutención ni calefacción. Nos ponía trozos de cartón dentro de las deportivas por si así el agua aguantaba un poco más. Durante muchos años de mi niñez no estrené ni una sola prenda de ropa, toda venía del armario de mi hermano mayor. Camisetas cedidas con un olor que no era el mío. Una vez a la semana mamá me mandaba a la tienda del barrio a comprar costilletas como mensajero con el “luego viene a pagarte” y el luego era la semana siguiente. Mi padre -el segundo- experto en todo tipo de parches vitales, dejaba de pagar la luz un mes para pagar la tienda. El siguiente pagaba la luz y no la tienda.
Un bucle infinito de supervivencia precaria llamado trampear.
Pero aquellas fueron las mejores costilletas.
Tuvimos que irnos a vivir a una casa en el pueblo que tenía el baño en el balcón. En enero salíamos enredados en un edredón y no nos lavábamos la cabeza porque el agua caliente no nos llegaba y el frío nos enfermaba. La cocina también estaba fuera, frente a la casa, y cada mañana mi madre salía a preparar la leche con galletas que llegaba siempre fría. Se tomaba fría, sin quejas.
Mis padres consiguieron trabajos y los domingos comíamos dos platos. Mi hermano y yo dejamos los estudios para trabajar de noche e intentar no ser una carga constante.
El coche que usábamos, bautizado como el Troncomóvil, tenía goteras en las ventanillas de atrás, y el copiloto podía ver el asfalto a través de un agujero que había en el suelo. Era un R7 blanco crudo, aunque no puedo asegurar a ciencia cierta si era blanco crudo o era blanco mierda.
Al poco le robaron la empresa a mis padres en una venta engañosa que tropecientos años después no cobraron, eso fue justo antes de que en un vendaval se nos levantase el techo de la casa del pueblo y tuviéramos que irnos a otra, prestada, porque no podíamos pagar ningún sitio para los cinco.
Yo no me adapté al instituto y trabajé en los bares antes de disfrutarlos. No fui mucho a los bares en mi juventud, aunque te cueste creerlo.
Con el tiempo la vida se fue estabilizando. Mis padres consiguieron trabajos y los domingos comíamos dos platos. Mi hermano y yo dejamos los estudios para trabajar de noche e intentar no ser una carga constante. Mi hermana, al menos, sí estudió.
Nunca dejamos de ser felices. En todas las escenas, en todos los segundos.
La historia de mi familia no es mejor ni peor que la de cualquier familia, solo es la historia de mi familia.
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