Las culpas

UN CAFÉ SOLO

Publicado: 22 jun 2026 - 06:40
Sonia Torre
Sonia Torre | La Región

Existen múltiples definiciones de culpa. Depende de si habla el Código Penal, la psicología, la Real Academia o, incluso, las religiones. Cada ámbito las clasifica en diferentes tipos y aporta sus remedios: a veces una terapia, otras un castigo penal y en ocasiones una oración.

Pero hay otra división más básica, alejada de elaboradas definiciones sacadas de estudios más cerebrales. Es la que coloca a un lado a las personas que se sienten eternas culpables por todo y en el otro, más confortable, a las que siempre encuentran a quién responsabilizar de sus actos para eludir las consecuencias de su comportamiento.

Las primeras repiten constantemente “es culpa mía”, “no debí haber hecho”, “no debí haber hablado”, “no debí reaccionar así”. Parece que Séneca dijo algo como: “Una persona que se siente culpable, se convierte en su propio verdugo”. Ahí está la penitencia más destructiva. Nunca tiene fin y aleja la paz interior.

La culpa estará del lado del docente porque no habrá sabido interesar adecuadamente al pobre alumno o, a saber la razón, le cogió manía desde el principio.

Después están las especialistas en intentar salir indemnes. Si un transporte urbano resulta caótico o los proveedores de una administración local deben esperar meses para cobrar su trabajo, siempre habrá un alcalde que enmascare su incapacidad para gestionar un ayuntamiento repartiendo culpas entre usuarios “ignorantes”, funcionarios “insolventes” o trabajadores “incapaces”. Los afectados pasan a ser los acusados. Y a veces sale bien.

Un maltratador que golpea sin piedad también se siente absuelto. No es culpa suya. Lo hace porque ha sido provocado por la mujer: porque ha hablado o callado, porque la ropa no era la adecuada o porque la cena estaba salada o fría. La víctima como culpable. Y si la mata, más culpa, porque no denunció, porque se quedó con él, porque volvió. Mientras el agresor se absuelve a sí mismo sin remordimientos.

Si el examen es un suspenso, la nota no será el resultado de no haber cogido un libro durante el curso, haberse pasado las clases con un móvil escondido o haber ignorado todas las llamadas de atención, a veces con altanería y cierta soberbia. La culpa estará del lado del docente porque no habrá sabido interesar adecuadamente al pobre alumno o, a saber la razón, le cogió manía desde el principio.

Si una escultura, como la vaca Popi ahora, es sistemáticamente vandalizada y necesita constantes y costosas restauraciones, habrá quien haya decidido que la responsabilidad del delito recae en quien la coloca en espacios públicos. Quedará exculpada la ciudadanía, cuya obligación es respetar el mobiliario urbano, y también quienes tienen el deber de educar en el civismo más básico, sin mirar a otro lado para evitar algún lloro: lo que es de todos se cuida.

El filósofo Eric Hoffer hablaba de que “jugar limpio significa, ante todo, no culpar a los demás de nuestros errores”. Pero parece que los tramposos ganan adeptos.

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