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En Ourense, durante años hemos tendido a mirar la cultura como algo que ocurre en otros sitios. Grandes capitales, festivales multitudinarios, eventos que parecen justificar por sí solos el valor cultural de un territorio. Frente a esa idea, la escala local ha quedado a menudo relegada a un segundo plano, como si lo cercano fuese menor por definición. Pero una ciudad no se define por lo excepcional, sino por lo que ocurre de forma constante.
Esa constancia adopta formas diversas. Está en exposiciones que resisten con visitantes fieles, en teatros que levantan el telón, aunque no siempre llenen, en librerías que recomiendan con criterio frente a la lógica del algoritmo. Está también en asociaciones, colectivos y creadores que trabajan sin focos, sosteniendo una actividad que rara vez se traduce en cifras espectaculares, pero que resulta imprescindible para mantener viva la conversación cultural.
La cultura no suele anunciarse con estruendo. No ocupa titulares de urgencia ni se impone en el debate público con la facilidad de otros asuntos. Sin embargo, está ahí, sosteniendo de forma silenciosa buena parte de lo que una ciudad es. En Ourense, la cultura no debería ser solo programación o agenda, sino memoria compartida y conversación cotidiana. Es la identidad que se construye sin precisar grandes gestos ni declaraciones a bombo y platillo.
El problema es que lo cotidiano tiende a volverse invisible. Nos acostumbramos a que las cosas estén ahí, funcionando, y dejamos de preguntarnos qué es lo que las hace posibles. La cultura local vive muchas veces en ese equilibrio precario: lo bastante presente como para no generar alarma, pero tan frágil, a la vez, como para resentirse ante cualquier descuido. No desaparece de golpe, pero puede ir apagándose poco a poco.
En el contexto presente, donde todo parece medirse en términos de impacto y visibilidad, la cultura de proximidad corre el riesgo de quedar desdibujada, cuando no laminada
Defender la cultura a nivel local no consiste únicamente en programar más o en aumentar presupuestos, aunque ambas cosas sean convenientes. Tiene que ver, sobre todo, con reconocer su valor como elemento estructural de la ciudad. Ourense sin cultura activa es una ciudad que pierde capacidad de pensarse a sí misma, de imaginar futuros distintos. Y esa pérdida no siempre es inmediata, pero acaba siendo profunda. Y, a veces, intencional.
Además, implica asumir una responsabilidad compartida, donde las instituciones tienen un papel evidente, pero que no debe ser exclusivo. La cultura local se sostiene en una red más amplia, en la que participan quienes crean, quienes programan y quienes asisten. Sin público no hay escena, sin lectores no hay librerías, sin participación no hay tejido. La pasividad, en este ámbito, actúa también como una forma silenciosa de renuncia.
En el contexto presente, donde todo parece medirse en términos de impacto y visibilidad, la cultura de proximidad corre el riesgo de quedar desdibujada, cuando no laminada. No compite en escala ni en presupuesto, pero ofrece algo distinto: cercanía, continuidad, arraigo. Es la cultura que se puede tocar, que se reconoce en las calles, que forma parte de la vida diaria sin necesidad de convertirse en acontecimiento extraordinario.
Quizás por eso convenga mirarla con otros ojos. No como un complemento, sino como una base. No como un lujo, sino como una necesidad discreta. Porque una ciudad que cuida su cultura cercana no solo protege su pasado, sino que se da herramientas para construir su futuro. Y en ese esfuerzo, aparentemente pequeño, se decide mucho más de lo que a veces estamos dispuestos a reconocer.
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