Cumbres y valles

TINTA DE VERANO

Publicado: 12 nov 2025 - 03:10
Opinión en La Región
Opinión en La Región | La Región

La celebración de la Cumbre del Clima en Belém, en pleno corazón del Amazonas, encierra una gran paradoja. Por un lado, se elige el escenario más simbólico posible, siendo la mayor selva tropical del planeta, amenazada y vital para el equilibrio climático global. Por otro lado, se repite el mismo ritual diplomático de siempre, con líderes que llegan en avión y discursos tan solemnes como vacíos suenan sus compromisos.

Desde hace tres décadas, las cumbres del clima acumulan acuerdos que se presentan como históricos y urgentes, pero cuyas consecuencias reales rara vez parecen alcanzar el terreno. El planeta se calienta más rápido de lo que se negocia y las emisiones siguen subiendo. Las grandes potencias continúan defendiendo su derecho a crecer y los países emergentes reclaman compensaciones, mientras las naciones pobres piden ayuda para sobrevivir.

Belém debería marcar un punto de inflexión, un gesto político que sirviera para devolver la voz a la naturaleza. Sin embargo, las sesiones técnicas y los comunicados vuelven a mostrar el mismo lenguaje técnico: metas a largo plazo, presupuestos cuantiosos -que rara vez alcanzan- y trascendentes compromisos (voluntarios). Aunque las palabras no enfrían el clima, siguen ocupando más espacio en las noticias que las acciones concretas.

En verdad, son las grandes corporaciones energéticas quienes seguirán marcando el ritmo de las negociaciones. Se habla de la neutralidad del carbono mientras se aprueban nuevos proyectos de extracción.

La paradoja brasileña resulta tan evidente como sangrante. El país anfitrión quiere mostrarse como líder verde, buscando prestigio internacional, pero enfrenta desafíos estructurales que lo contradicen: deforestación, minería ilegal o expansión agrícola. Hablar de transición ecológica en la Amazonía sin enfrentar los intereses económicos que la devoran resulta un ejercicio de equilibrio diplomático, por no decir de cinismo político.

En verdad, son las grandes corporaciones energéticas quienes seguirán marcando el ritmo de las negociaciones. Se habla de la neutralidad del carbono mientras se aprueban nuevos proyectos de extracción. Se promete justicia climática mientras los países ricos no cumplen con los fondos de adaptación prometidos. La brecha entre lo que se dice y lo que se hace se ha convertido en el verdadero abismo de nuestro tiempo.

Otro problema reside en el formato mismo de estas cumbres. Se presentan como espacios de diálogo y cooperación, aunque parecen meros escaparates protocolarios. Las decisiones reales se cocinan en despachos cerrados, lejos de las comunidades que sufren el impacto directo del cambio climático. En Belém, los pueblos indígenas y los defensores ambientales han sido invitados a hablar, pero su voz rara vez se traduce en políticas vinculantes.

La inclusión simbólica no sustituye la justicia efectiva. Así, el mundo se ve atrapado en un ciclo eterno de cumbres y valles. Cada año se repiten los mismos diagnósticos: la urgencia, la falta de tiempo, la necesidad de actuar; pero las estructuras siguen intactas. Si la transición energética se plantea como una oportunidad de negocio y no como una obligación moral, los países continuarán midiendo su éxito en términos de crecimiento económico.

La cumbre de Belém debe recordarnos que el problema no es solo ambiental, sino político y ético. No basta con acuerdos técnicos ni metas a 2050. Hace falta una transformación profunda del modo en que entendemos el progreso y el poder. El Amazonas podrá ser el escenario más apropiado, aunque, si la selva sigue ardiendo mientras se firman documentos, todo el simbolismo se evapora como el humo que asciende de sus árboles calcinados.

Contenido patrocinado

stats