Berto Manso
LA OPINIÓN
Es capaz de discutirlo todo
COSAS QUE CONVIENEN
1 Invocar a la golondrina. Subir al alero de una ruina próxima y colocar un nido para proponerles casa. Ojalá lo hagan suyo y poder tenerlas de vecinas con sus vuelos gloriosos y su júbilo de eternidad.
2 Una bomba de agua manual. Para bombear el agua dormida bajo nuestros pies y hacerla salir como por encantamiento. Una bomba sin electricidad ni trucos, con la que regar los árboles del bosque nuevo y refrescar el cuello cuando el verano implacable.
3 Estar contento casi todo el tiempo. Y cambiar las terapias de choque por las de mantenimiento, con rutinas pequeñas, casi estúpidas, pero bienfuncionantes. Que la sonrisa sea el gesto que nos sale inconsciente y que uno sepa, como sabe la fiera, retirarse a espesura para purgarse y reequilibrar humores.
4 Un amor tranquilo. Al que uno quiere comprender y cuidar. Un amor de todo el tiempo y todo el espacio. Un amor sin tensiones ni competencias subterráneas. Cuando todo tiene sentido. Cuando dos suman cien.
5 Cocinar para tu familia. Y dedicarles la mejor de las recepciones. Templar el horno desde temprano, estrenar pastilla de jabón y toallas limpias, blanquísimas. Entregarse a una sobremesa dulce, alrededor de los asuntos pequeños, recordando a los muertos de quienes somos dinastía. Empeñarse en esto.
6 Hacer tu propio pan. En el horno de casa, con la masa madre que duerme en la nevera. Aunque suceda pocas veces y se acuda a un artesano honesto, ser panadero de ti mismo es una experiencia transformante. Que el cereal fermente y se haga cuerpo es lo más cercano a ser dios creador de mundos suficientes.
7 Fundar una ciudad. Con la tienda de campaña, en el lugar temporal que uno ha negociado previamente con las presencias del trasmundo que habitan cada rincón. Orientar la cremallera al levante y hacer tuyo el paisaje en esa jornada que no vuelve. Gobernar este pequeño lugar mientras lo habitemos y llenarse de la gran verdad del instante.
8 Ofrecer sacrificios. A las ninfas de las fuentes y lavaderos, a las rocas sintientes que caminan a velocidad invisible, a los árboles paseantes que son la verdadera inteligencia del mundo. No hace falta derramar sangre ni libación. Sentirse pequeño en su presencia es la gran metamorfosis.
9 Acumular riqueza. En forma de tiempo, que derrocharemos como millonarios en las cosas importantes: tumbarse a la sombra, pasear con los gatos, conversar con la celidonia que florece en las cunetas.
10 Ver crecer un jardín. Permitirse este pecadito vanidoso de interesarse por los árboles plantados por uno mismo, recordando que uno no planta para sí, sino para los siguientes. Disfrutar del bosque crecido a su albur y de los árboles imponentes heredados, cuyo tiempo está velado a nuestro pequeño entendimiento.
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