Carlos Risco
COSAS QUE NO CONVIENEN
Lo que debe permanecer con nosotros
COSAS QUE NO CONVIENEN
1 La bota ligera. Para llegar caminando a todos los sitios y atravesar los senderos enfangados que traen los años. Procurarse buenas suelas para los resbalamientos y no olvidar descalzarse cuando haga falta. Recordar a cada paso que somos seres caminantes y nunca cochistas.
2 La sonrisa fácil. Habrá que ponerse muy serios y ejercer la inocencia. Ir a su encuentro, recuperarla y habitarla, porque la inocencia se pierde constantemente y el corazón se resabia. Sonriamos blandamente, aunque no apetezca, para estar abiertos a la sorpresa, como si la vida sucediera por primera vez (porque sucede por primera vez).
3 La mano abierta. Para acariciar al semejante con la mejor de las ternuras y calmar la extrañeza de estar vivo. Procurarse también una mano ligera y eficaz para dar un mamporro implacable a tanto bastardo que se lo merece.
4 El oído tierno. Con el que escuchar lo que debe ser escuchado y evitar así las ideas de podredumbre. Practicar también la palabra justa, para hablar sin descarrilamiento y guardar las ideas para nosotros. Que el hablar y escuchar vengan con prudencia. Que haya sobre todo silencio, dentro y afuera.
5 La boca quieta. Cuando algún indocumentado rebata un argumento o se ponga estupendo. No entrar al trapo de las discusiones y elegir marcharse como el gran triunfo, nunca saltar a la arena. Que la paz de espíritu nos permita siempre el no rebatir, el no gritar, el no hacer.
6 La canción en bucle. Lista para devolvernos la energía adolescente cuando falte o recuperar el reposo en el desgaste de los días. Permitirse una dieta de melodías-pensamiento que reparen las neuras de esta civilización de la histeria.
7 La cena suave. Practicar la tortillita tempranera o el sopicaldo humilde que nos vuelven libres de ambiciones y sueltan el alma de envidias y brusquedades. Insistir en la misma cuchara y la misma escudilla, como los sabios de oriente, y que eso sea nuestro gran equipaje vital.
8 Los tiempos fijos. Empeñarse desde ahora en secuenciar los días como un monje, con los ciclos de sueño matemáticamente pautados, amaneciendo siempre antes de la aurora. Pegarse a la rutina como un ortodoxo y celebrar cada día la repetición que nos ordena.
9 La manga larga. Cubrir brazos y piernas, escapando del fantochismo veraneante unificador. Procurar telas sobrantes para guardar ideas ponzoñosas y embalsamar toda vanidad. Soltarse a la vida como el algodón a la brisa.
10 La paz en la cara. Que por fuera se note nuestra armonía con el fluir del universo, sin que el espíritu empuje la energía hacia ninguna parte. Es ahí donde hay que quedarse. Procurar que el gesto no cambie si abandonamos una conversación o un lugar sin dar explicaciones a nadie. Hacerse mayor también debería ser esto.
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