Carlos Risco
COSAS QUE NO CONVIENEN
Lo que debe permanecer con nosotros
Tremendo, triste, vergonzoso. Tiempo sin alma. Nocivos. ¿Cómo pudo suceder? Lo habrán leído en los periódicos: en los exámenes para maestros suspendió el ochenta por ciento por faltas de ortografía. Insisto, oposiciones a maestros. No me atrevo a decir de los adolescentes.
Los profesores hablan de caligrafía ilegible. Vamos, escriben “burro” con “v”. Y allá se van al corrector que corrige los tiempos. Ante lo ocurrido, los examinados presentan quejas de que esas pruebas son obsoletas y rancias.
Allá con nueve años estudié en el colegio de los Hermanos de la Salle en Verín. Dos cosas aprendí allí que marcaron mi vida. Cierto, eran esos años en que los alumnos formábamos fila militarmente antes de entrar, mientras entonábamos un himno patriótico. Sobre todo, aprendí a escribir con letras claras y de bastardilla. Si cometías algún error, el hermano tenía un artefacto en las manos con el que te golpeaba tu mano con las suyas. Por allí pasaron todos los niños de la comarca. Cielo santo, aprendimos milimétricamente el catecismo con preguntas y respuestas.
Aquellos hermanos de la Salle eran todos castellanos, por lo que tenían dificultades de entender la mentalidad rural galaica. Lo que más les agradezco fue nuestro libro de texto, nada menos que El Quijote. Aún tengo aquel libro ilustrado por Doré, todo subrayado.
No te miento, hermano lector: cuanto sufrió mi alma de niño. ¡Ay! Buscaba allí y allá alguna página en que el caballero de la triste figura ganara alguna batalla. Pero leí mil veces su pelea más famosa, su duelo brutal con el vizcaíno, aunque perdió su armadura y la mitad de una oreja. Al menos, en ese combate no perdió el honor.
Volvamos a la ortografía, aún poseo aquella pluma Parker 51 con su capuchón dorado. A veces, me la prestaba mi padre para hacer los deberes y yo tenía la sensación de tener en mis manos una joya. Qué barbaridad, cómo se deslizaba sobre el papel. Para mí era un acto sagrado el cargar la pluma de tinta en aquel tintero marca Pelikan. El gran Borges, el muy cabrón, decía despectivo que la literatura española era prescindible. Llegó a decir “Lorca es un andaluz profesional”. ¿Es posible que el escritor argentino no hubiera leído El Quijote?
Pues, querido lector, te invito a que en este agosto incendiario, te sientes en una higuera y tomes en tus manos el libro más hermoso de la historia, El Quijote. Ahí están todas las claves del ser humano, sus enseñanzas. Leerlo lentamente te ayudará a limpiar los males que te acosen.
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