Carlos Risco
COSAS QUE NO CONVIENEN
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PERDÓN POR LA MOLESTIA
El príncipe Faisal, interpretado por Alec Guinness en "Lawrence de Arabia", protagonizada por Peter O´Toole , resume así la crueldad de vivir en medio de la nada: "A ningún árabe le gusta el desierto. Nos gusta el agua y los árboles verdes. En el desierto no hay nada, y ningún hombre necesita nada".
Los estoicos sostienen que una parte de la felicidad radica en contentarse con lo que hay o el destino ha previsto. Como los ourensanos. Los habitantes del desierto han acostumbrado su vista al ocre de la arena y no al verde de las arboledas. Hay quien no conoce otra cosa, por lo tanto su angustia por la carencia es llevadera. En verano llegan niños del campamento de refugiados de Tinduf, en Argelia, a pasar unos días con familias ourensanas. Me contó una de esas madres de acogida que uno de los chavales era capaz de pasarse horas frente a un grifo, solo abriendo y cerrándolo, maravillado por ver manar agua a demanda. No tenía que ir a buscarla y cargar con el balde. Hay otras formas de vivir en un desierto, más espiritual si se quiere.
Alerta La Región que la ciudad vive en un "desierto cultural" en verano y la falta de programación condena al tedio. Todo se desarrolla bajo el vulgar órdago que engorda en la Praza Maior, "el que quiera cultura que la pague". Esto no tiene que ver con el poder adquisitivo, sino con el deseo de aborregar y regar con la manguera municipal esa planta invasora que es la superficialidad. Por ejemplo, si la propuesta es convertir el Museo Municipal en un bareto, que podría llamarse A Tasquiña do Jácome, ya tenemos despejado el camino de las intenciones. Ourense, verano y aridez maridan bien un año más. Vamos camino de no conocer otra cosa, como los niños de Tinduf que sobrellevan su destino. En el desierto no hay nada y ningún hombre necesita nada, decía Faisal. Para qué añorar algo en este nuestro desierto. No necesitamos nada más, somos estoicos.
En el norte de Chile está el desierto de Atacama, el más árido del mundo. Se ganó la atención mundial en el 2010 al ser rescatados 33 mineros atrapados a casi 700 metros de profundidad tras 17 días bajo tierra. El inhóspito lugar atrae turismo de aventura, a ávidos observadores de las estrellas o a geólogos que quieren desentrañar sus enigmas.
Apunto estas referencias por si valen como idea de desarrollo para Ourense, sumida en su muy particular proyecto de desertización. Se trata de hacer de la necesidad virtud. Un silogismo nos persigue: verano, calor, luego incendios. Por lo tanto, mayor índice de desertización. Lo ocurrido esta semana con varios focos de fuego solo es la sesión vermú de los muchos festejos que (estos sí) dan vida al desértico rural en el estío. Nos espera aún la gran verbena, con sus fuegos artificiales, y perdón por el sarcasmo. El periódico se escandalizaba porque apagar los fuegos causados por la negligencia de Adif en algunos tramos de la línea ferroviaria sumaban "60.000 euros por hora".
Una ronda barata comparada con lo que nos puliremos otra vez en el más que previsible delirio de fuego (intencionado en su mayoría). El Pladiga 2026, que contempla prevención y extinción, drenará 213 millones de euros de los presupuestos de la Xunta. A sumar lo gastado desde el origen de los tiempos, a reservar otro dineral hasta el día del juicio final. Décadas de abandono de la tierra cultivable han facilitado que el combustible forestal llegue al felpudo de casa. La Administración, con razón, exige bajo amenaza de sanción la limpieza de los terrenos particulares, pero está por ver que haga lo propio con los suyos. El fruto de miles de parcelas es nula, el importe de la multa supera la rentabilidad de la mayoría. No se subvierte la deriva de décadas con voluntarismo o multas. Vamos más hacia el modelo de sacar partido a nuestro desierto, como el de Atacama, que a creer que esto volverá a ser un vergel y que no haya que gastar 213 millones en lo de siempre.
Arabia Saudí gana grandes batallas al desierto porque sus ingentes recursos naturales le permiten comprarlo casi todo. Lo último es plantar 600 millones de árboles en cuatro años, casi los que arden cualquier verano en Ourense. Ya sé que es una exageración, pero demuestra que con decisión política (y mucha pasta, lo sé) se hacen grandes transformaciones.
En Ourense aún no han sido capaces de aprobar un plan de urbanismo para árboles y ladrillos porque ambas cosas son necesarias. La liberación de suelo para construir, pero también facilitar la rehabilitación de lo edificado, podría abaratar algo el precio de la vivienda. Los alquileres baten nuevos registros, a 600 euros mensuales, y la actividad renta 70 millones cada ejercicio a los caseros. Crece en Ourense la brecha socioeconómica que lamina la clase media. Hace un mes Cáritas alertó que sus servicios de ayuda a vivienda y al comedor social por la precariedad laboral obligaban a doblar recursos. El Ourense de las desigualdades se nota en que es la provincia donde más se pagan los pisos sin tener que pedir crédito, donde se guardan más de 10.000 millones en los bancos y donde porcentualmente es mayor la tasa de segunda vivienda, tanto en la provincia como en la costa. Para algunas cosas no somos saudíes pero lo parecemos. Para las urgencias sociales corremos el riesgo de ensanchar nuestro desierto social y dejar pequeño el de Arabia, el de Atacama o el de Lawrence. Y, por supuesto, el cultural.
Mira tú como el PP ya deshojó la margarita y confía en Ana Méndez como candidata a la alcaldía en las municipales del año que viene. Mira tú como acaba una incómoda duda que alimentaba conjeturas y alguna conspiración en la parroquia popular. Mira tú que el camino está expedito para la interesada, muy interesada en ser la candidata. Mira tú como la tarea se antoja titánica ya que el PP tiene siete concejales, la mitad de la mayoría absoluta que algún día tuvo y que se esfumó por el retrovisor. Mira tú que ya están decididas las opciones de PP, PSOE y BNG, que han confiado en los mismos que estos años habrán dado lo mejor de sí mismos pero su papel como oposición pocas veces llegó al aprobado. Mira tú como todo esto puede ser como la máxima de El Gatopardo: que todo cambie para que todo siga igual. Mira tú que si no obra en ellos algún tipo de milagro puede esperarles otros cuatro años más haciendo la travesía del desierto. Mira tú.
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