La decadencia de una nación es un esfuerzo colectivo

Publicado: 10 jun 2026 - 04:10
Opinión en La Región
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A primera vista puede parecer una afirmación exagerada. Estamos acostumbrados a atribuir los fracasos de una sociedad a un gobierno concreto, a un partido político, a una crisis económica o incluso a factores externos. Sin embargo, la historia demuestra que ninguna nación entra en decadencia por accidente ni por la acción aislada de unos pocos. La decadencia exige una suma continuada de renuncias, silencios, complicidades y conformismos. En definitiva, requiere un esfuerzo colectivo.

La decadencia nunca llega de golpe. Las sociedades no se derrumban de un día para otro. Antes de que aparezcan las grandes crisis existen pequeñas concesiones cotidianas.

La decadencia comienza cuando se tolera lo que antes resultaba intolerable. Cuando la mentira deja de escandalizar. Cuando la corrupción se convierte en una noticia más. Cuando la incompetencia política deja de tener consecuencias electorales. Cuando los ciudadanos empiezan a asumir que las instituciones están al servicio de quienes las ocupan y no de quienes las sostienen.

España atraviesa una etapa compleja en la que muchos ciudadanos perciben síntomas evidentes de deterioro institucional. No se trata únicamente de los casos de corrupción que periódicamente ocupan las portadas. La corrupción, siendo muy grave, es muchas veces la consecuencia visible de un problema más profundo: la pérdida progresiva de una cultura de responsabilidad pública.

Uno de los grandes peligros para cualquier país es la normalización de la mediocridad

Resulta preocupante observar cómo la vida política se ha transformado en una confrontación permanente donde el adversario ya no es un rival democrático, sino un enemigo al que destruir. La polarización se ha convertido en una herramienta de poder. Cuanto más dividida está la sociedad, más fácil resulta movilizar a los propios y justificar cualquier actuación.

La responsabilidad no es solo de los políticos. Participa quien justifica la corrupción porque la comete “su partido”. Participa quien renuncia a informarse y acepta cualquier consigna. Participa quien considera que todos los políticos son iguales y abandona cualquier implicación cívica.

Uno de los grandes peligros para cualquier país es la normalización de la mediocridad. Una sociedad comienza a deteriorarse cuando deja de premiar el mérito y empieza a recompensar la obediencia. Cuando los mejores profesionales son apartados por razones partidistas. Cuando la excelencia es sustituida por la lealtad personal.

España no debe resignarse, no estamos condenados a soportar esta situación esperpéntica, antidemocrática y profundamente decadente, con indiferencia. Las democracias se fortalecen o se debilitan cada día a través de millones de decisiones individuales y colectivas. La fortaleza de una nación depende, en gran medida, de la calidad de las conductas que tolera y de las exigencias que impone a quienes la gobierna y precisamente por ello, la regeneración democrática debe convertirse en un esfuerzo y una obligación colectiva.

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