Sobre el derecho a la oscuridad

Publicado: 20 sep 2026 - 07:05
Txarka
Txarka

Las sociedades avanzadas saben vivir a oscuras. Son muy pocas, pero conocen el misterio de la vida, por eso permiten al sol retirarse cuando tiene a bien hacerlo. Es importante descansar del brillo atómico del que gobierna todo esto. Regresar a la calma cetácea de la negritud del cosmos y estar presentes mientras reaparece el sembrado de estrellas, nebulosas y galaxias que dejan de estar cegadas por el gran fogonazo solar y vuelven a hacer vecino el firmamento. Su contemplación es mandatoria para aflojar soberbias, recordar las insignificancias propias y dejar que el alma vuelva a temblar con el gran misterio del mundo.

El hombre ha iluminado el planeta hasta lo insoportable. La noche ha dejado de ser noche. Las fotografías satelitales que pretenden probar la efervescencia de esta civilización refrendan sin embargo esa gran ignorancia llamada progreso. No necesitamos carreteras iluminadas, ni que las avenidas de las ciudades sean ríos de luz por los que caminar sin ser conscientes de la noche. Las aldeas no están más seguras salpimentadas de farolas estilo campo de concentración. El mundo debe volver a la sombra. La noche tiene que ser noche. Necesitamos descansar del sol y recibir a la gran verdad de lo negro. Apagar las luces para ver las estrellas. Bajar la linternita de mequetrefes humanos y dar la bienvenida al gran acontecimiento de la oscuridad. Así, con el hermanamiento de toda galaxia, esa gran fusión de hidrógeno en helio, se abre inmensidad incomprensible que apenas intuimos con lentes de aumento estratégicas en los pocos sitios sin luz que quedan en la piel de este planeta sobreiluminado y también sobrecalentado.

En la oscuridad debe ladrar el corzo, aullar el lobo, gruñir el jabalí. La noche tiene que ser quieta y oscura, bajo el canto pendular de cárabos y lechuzas, que son sus verdaderos dueños en este viaje incomprensible

Los antiguos sabían ver en la noche. Habían aprendido a ver con el cuerpo y a caminar de oído por los viejos caminos, sabiendo a las fieras en la espesura y a los árboles en su sitio. Caminar en la noche es un regalo para nuestra propia animalidad. Cuando crecen las pupilas y los bastones que llevamos en la periferia de nuestro ojo, esas células receptoras que funcionan en blanco y negro, toman el control de la visión y nos permiten usar este súperpoder. Basta la compañía de la luna en su ciclo concentrado de muerte y resurrección para caminar hasta la ermita bajo el dosel de robles. En apenas media hora el ojo se hace grande y poderoso y podemos comprender la arquitectura divina de nuestros cuerpos, equipados para todo lo necesario. Los días en los que es grande y plena podemos sabernos cerca del búho y el gato, que no sólo consiguen ver en las sombras del paisaje, sino también en las de nosotros mismos. En la oscuridad debe ladrar el corzo, aullar el lobo, gruñir el jabalí. La noche tiene que ser quieta y oscura, bajo el canto pendular de cárabos y lechuzas, que son sus verdaderos dueños en este viaje incomprensible.

Apaguemos, pues, las luces que alteran los sagrados ritmos del cuerpo, el nuestro propio y los de las demás criaturas. Recordemos la gran sabiduría del vivir entre sombras y desconfiemos de toda luz que pretende tener razón sobre todas las cosas. Toleremos, tal vez, alguna luminaria análoga, de esas que recuerdan el resplandor del fuego y cuya contemplación periférica mece nuestros adentros. Apedreemos los leds fríos que torturan todo instinto. La luz artificial no es progreso ni seguridad, sino profanación del sacrosanto aire nocturno. Aprendamos de quienes saben vivir en la noche. Reclamemos el derecho del mundo a un existir orgánico, sin la humanidad manipulando lo más sagrado, que es la oscuridad del universo. Dejemos que se encienda la conmoción en nuestro pecho. Esa es toda la luz que necesitamos.

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