Pilar Cernuda
LAS CLAVES
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LOS ASUNTOS IMPORTANTES
Cada vida merece su propio relato. Hay que narrarse algo bueno a uno mismo. Habitar una pequeña épica. Sentir que el cuento que nos contamos es grande y sabroso, habitable, deseable. Esto es el alimento de un corazón que bombea con propósito, porque el corazón no es una máquina como nos quieren hacer creer los entusiastas civilizatorios, sino más bien un dios interior que sonríe y debemos comprender al margen de la razón. El corazón, como ha dicho algún sabio, si pudiera pensar, se pararía. Para saberlo contento hay que ir decantando los días con los años y distinguir aquello que nos hace mejores, más pegados a lo importante. Empecemos por separar lo que sobra en toda vida y no quedarnos en la nata de las cosas para atender a lo que merece la pena: la oropéndola soleándose sobre la hierba con las alas extendidas, la siestita en la hamaca bajo el roble, un paseo a la ermita con las manos cogidas hacia atrás sin más luz que la que refleja la luna.
Contarse cosas buenas, tomar lo cotidiano como aventura, funciona como el fermento madre para todas las alegrías y un aglutinante para hacer los miedos sólidos y descomponerlos en miedos más pequeños. Abrazar a la criatura en nosotros nos lleva al mejor estado del alma posible, el del corazón vulnerable, con la víscera al aire, capaz de conmoverse con la brisa y saberse igual a las demás criaturas sensibles, despierto en esta cosa extraña de la vida y sagrado como todas las partículas que nos dan forma, si acaso queremos comprender el mundo como una sucesión de partículas organizadas, que es la manera torpe del hombre de acercarse a las cosas.
Es importante recordar la piel del mundo bajo nuestros pies, de donde viene la vida y duermen las aguas y los fuegos.
El tío Vicente se tumbaba sobre la tierra y extendía los brazos para sentir la savia vital. Hay que hacer como él y saludar a la fuerza del mundo que empieza en el suelo incomprensible, donde guarda el planeta sus jugos y hace nacer a los árboles y a las piedras. Es importante recordar la piel del mundo bajo nuestros pies, de donde viene la vida y duermen las aguas y los fuegos. Tenemos que pensar que bajo el prado hubo un bosque y que, antes de romper la montaña con carreteras y galerías, antes de asesinar a todas las criaturas salvajes e incendiar las selvas para desplegar las infraestructuras civilizatorias, la naturaleza era igual de sagrada e inexplicable, aunque ya no consigamos verla. Está ahí, la gran madre, sobre quien debemos derramar algo del alimento que perpetúa nuestra vida y reconocer su misterio impenetrable.
Cuando recordamos que los espíritus se acercan a calentarse al mismo fuego, hacemos buena vecindad con la araña de la cocina y conseguimos vernos nacer en las aguas termales que se filtran desde adentro, nos reencantamos con el mundo. A la vida hay que darle la posibilidad de su poder infinito y apartarse del pensamiento torpe de la ley matemática y la obediencia cósmica. Tenemos que volver al hechizo de estar vivos y sabernos un milagro irrepetible, apagar las luces para brillar con las estrellas, que no son fusiones lejanas de helio e hidrógeno, sino la conciencia luminosa de nosotros mismos. No hay máquina en nosotros ni máquina en el mundo. Desterremos esa arrogancia adolescente de esta civilización adolescente que lo ha puesto todo patas arriba. Basta de ver el mundo como dinero a extraer. Sentir la complejidad vibrante del paisaje nos devuelve la inspiración robada. Donde nos pinza y nos duele. Es ahí. No hay afuera posible en todo el universo.
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