Literatura del vino del Ribeiro y O Rosal

A MESA Y MANTELES

Publicado: 06 sep 2026 - 06:50
Xavier Castro
Xavier Castro

Grandes vinos daban, sin duda alguna, las riberas del Avia. Orgulloso se sentía Cunqueiro cuando deletreaba en Gomariz los nombres de todas las viejas cepas del país: caíño, brancellao, mencía, tintilla, torrontés, treixadura, godello, lado, albariño… Se lamentaba nuestro gran escritor del fenómeno que todavía se estaba dando por aquel entonces, en la década de los sesenta: muchos bodegueros se decantaban por vides más productivas, bien de nueva planta, o bien reemplazando a las nobles castas tradicionales. En palabras de Cunqueiro: “Ya sé que ahora hay otras cepas, y que se quieren cosechas largas, vendimias abundantes, y que las viejas cepas del país dan poco”. Esta pretensión, tan errónea, era básicamente productivista, y no se orientaba a la búsqueda de vinos de calidad.

Manifestaba don Álvaro que bebía vino de O Ribeiro, blanco o tinto, siempre que le era posible. Reconocía que estos vinos podrían parecer, a la altura de la década de los setenta, un tanto estantíos; no acababan de mejorar entonces (pero no tardaron en despuntar): “Son un tanto abantos”, decía; pero poseían en cambio una cualidad inapreciable: daban la temperatura del hombre. Confiaba en que algún experto pusiese de manifiesto que los señeros, honrados y católicos vinos de O Ribeiro eran los más aptos para el vientre de la latinidad europea. Ponderaba especialmente las excelencias del vino tostado Ribeiro, ambrosía y “madre de levitaciones”. Declaraba que los vinos de Ribadavia (villa a la que Vicente Risco encontraba semejanzas con Praga) participaban del aura que rodea a su abierto y preclaro nombre, de ahí su sabor a heno, a melocotón y a otoño.

Y no deja de reparar en que a Shakespeare le gustaba el vino de Canarias. Como lo mencionaba tantas veces, le parecía probable que lo tuviese en sus labios y en el olfato, tal vez por acomodarle a su cuerpo la anchurosa calidez del caldo canario.

Tintos de calidad se encontraban en muchas bodegas de Beade, Gomariz, Leiro y Cabanelas. Cunqueiro apreciaba en gran medida los blancos que llevaban más de una mitad de treixadura. Le parecían los vinos albos los más adecuados para despabilar la mente. Servían para el aperitivo de los estudiosos, del padre Feijoo, o de su maestro, Otero Pedrayo. Y, además, “al atardecer, preparan el alma para la contemplación de las brillantes estrellas”. Confiaba don Álvaro en las virtualidades de los caldos —particularmente blancos— en tanto que espoleadores de las capacidades creativas de los escritores y artistas. Lo destacaba así en el caso de Shakespeare, a quien tanto leía, admiraba y blandamente dejaba que resonancias del autor inglés resonasen en su propia obra (como en la de algunos otros literatos -de entre los más conspicuos-, como Javier Marías). Y no deja de reparar en que a Shakespeare le gustaba el vino de Canarias. Como lo mencionaba tantas veces, le parecía probable que lo tuviese en sus labios y en el olfato, tal vez por acomodarle a su cuerpo la anchurosa calidez del caldo canario. Conjeturaba Cunqueiro que bien pudiera ser que algunas de las escenas de sus mejores piezas fuesen hijas de “esos relámpagos que algunos vinos, lúcidos y dicharacheros, abren en la mente”. Prodigios que los nobles vinos son capaces de hacer.

Descendiendo hacia el sur penetrando en la comarca del Condado, sostenía que era en Salvaterra, y más en concreto en la parroquia de Meder, donde se solían producir los mejores tintos, tradicionalmente serios y secos. Tan estupendos vinos obtuvieron renombre y galardones porque “se abrían en la boca como las alas de un pájaro que despegase después de picotear un racimo”.

En los valles de O Rosal, Fragoso y Miñor crecen viejas, purísimas, nobles viñas, ricas y señoras, y prosperan así agullas, rosados y rodeiros. Estos vinos derraman por aquellas tierras una niebla rosada y una brisa mansa. Los agullas blancos que brincan espumosos; los tintos, tan mates y pausados, “acanelados, lentos, que te voltean la cabeza como en una muiñeira ritual y lacónica, de pasos contados, de música en números, el lagarto de la saya de Carolina dándole al rabo”.

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