Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Portero de noche
Ensayos de comprensión
Rodeados por los óleos con escenas agrícolas y carteles de Virxilio, esa mezcla entre naif y pop que recuerda a los dibujos de trazos blandos del Yellow Submarine, Maribel Outeiriño recordó el impacto que este pintor y aquellos otros como Prego o Quesada tuvieron en el gusto estético local durante el último tercio del pasado siglo. No había hogar de clase media o despacho profesional en la ciudad que no colgara de sus paredes alguna obra de aquellos artistas. Han pasado más o menos cinco décadas de su máxima expresividad, si bien su estela, fecunda, por tanto, como trabajaron y vendieron, llega hasta casi nuestros días y se mantiene en la memoria colectiva de la ciudad.
Nada, en definitiva, que no haya ocurrido cíclicamente con los trastos de la abuela en lo que hoy llamaríamos, con pedantería, una economía circular.
Pese a la crisis que vive el mundo del arte en general o quizá por ello, no es difícil encontrar obras de referencia de estos creadores en las galerías y salas de subastas. Son llevadas allí por sus propietarios, en muchos casos amigos de los propios pintores, que los visitaban en sus estudios y compartían jornadas e inquietudes. La edad, la necesidad de no dejar demasiados bultos a quienes vengan detrás o la natural esperanza de recuperar con su venta algunos euros, son los motivos que están detrás de la decisión de sacar estas obras al mercado. En otras ocasiones son ya los herederos de aquellos primeros poseedores quienes, con otro gusto estético o ante la imposibilidad de colgar aquellas obras en sus viviendas actuales, más reducidas, se deshacen de ellas con un suspiro de alivio. Nada, en definitiva, que no haya ocurrido cíclicamente con los trastos de la abuela en lo que hoy llamaríamos, con pedantería, una economía circular.
Pero si la obra de los “artistiñas”, por circunscribirnos al ámbito ourensano, no interesa ya a las jóvenes generaciones, ¿qué cuelgan de las paredes de sus domicilios y lugares de trabajo los nacidos en las décadas finales del pasado siglo?, o mejor, ¿cuál es el gusto estético de las nuevas generaciones? Los expertos del mercado apuntan en varias direcciones. En primer lugar, y factor decisivo, el arte ha cambiado y, en correspondencia, ha cambiado también la percepción que tenemos de él. Si hace justo ahora un siglo Ortega y Gasset advertía de la deshumanización del arte, de un arte no hecho para el disfrute del espectador sino para la satisfacción del propio artista, el tiempo recorrido no ha hecho sino ampliar el foso de incomprensión mutua. Consecuencia de ello, el joven coleccionista de arte es una especie extinta. También porque los potenciales aficionados, con conocimientos y capacidad económica para sostenerla, son sabedores de que el tiempo no sienta bien a la mayoría de los artistas. Raro es el que, más allá de puntuales repuntes de fama o prestigio, ve revalorizada su obra. En definitiva, comprar arte no es buen negocio, salvo las firmas consagradas ya solo al alcance de los grandes coleccionistas privados o institucionales.
Y, sin embargo, nunca como ahora han existido tantas escuelas de Bellas Artes, tantos creadores o aspirantes a serlo, tanta infraestructura expositiva e información sobre lo que se crea en cualquier rincón del globo y tantos canales para dar rienda suelta a la creatividad en sus más variados soportes. Nada de ello ha logrado hasta ahora acercarse ni de lejos, al impacto que tuvieron, en nuestro caso de Ourense, los “artistiñas”: los citados Quesada, Virxilio o Prego, más los escultores Baltar, Buciños o el todavía muy activo Acisclo; De Dios, Alexandro o Vidal Souto, sin ánimo de ser exhaustivo. Y pese a la adversa realidad, que parece disociar definitivamente la obra de arte del placer de su contemplación, sigo estando convencido de que las nuevas experiencias estéticas abren oportunidad al disfrute, a hacerse preguntas y a llevar un paso más allá nuestra percepción y sensibilidad. Cuestiones nada superfluas.
En San Cristovo de Cea quieren cultivar su trigo. Nada más natural que en tierra de pan se procure un buen trigo. Y es que el pan, como el queso y el vino, los pimientos o los tomates, adquieren su máxima distinción cuando podemos certificar su origen: una tierra concreta, un régimen de lluvias, soles y vientos propicio y el cuidado de su productor, que todos los interesados conocerán por su singular talento. En Cea, donde todavía humean 15 hornos de pan, tienen ya su IXP, Indicación Xeográfica Protexida Pan de Cea, pero si consiguieran producir la totalidad del trigo que necesitan para su harina, podrían tener un sello de Denominación de Origen propio. En tiempos de deslocalización industrial, es importante saber de dónde viene lo que comemos y que, lo que producimos, esté hecho con honradez y buen gusto.
Quienes han investigado, remontan el pan de Cea al siglo XIII y siempre a la sombra de las demandas del monasterio cisterciense de Oseira. Al mismo Bernardo de Claraval y a los monjes franceses enviados por él, se atribuye el impulso de Oseira como centro de la fe ascética, la humildad y el trabajo manual. Si el pan es el alimento simbólico de la comunidad compartida, el trigo habría de ser el origen de una economía productiva y autosuficiente de un monacato que se extendía hasta el Miño por el sur y hasta el océano por el occidente. El trigo es, en definitiva, un símbolo del trabajo y cuando los hombres trabajan, no tienen tiempo para hacer la guerra. Así, el poeta Carlos Oroza declamaba aquel verso inolvidable: “dejad que el trigo crezca en las fronteras”.
Los técnicos agrarios que ahora informan a los vecinos de Cea, les recomiendan una especie en particular, el tremesino marzal, un trigo que se siembra en marzo y se cosecha en verano. Menos productivo que otras variedades, pero mejor adaptado a las condiciones de Cea y de Oseira. Quizá del tremesino marzal fueran las espigas que Maruja Mallo pintó en La sorpresa del trigo (1936), ese maravilloso óleo que es toda una alegoría del trabajo y del trabajo bien hecho. Como el pan de Cea.
Lo dicen las estadísticas y también los expertos: somos un país de inmigrantes. Lo somos al menos, en cifras netas. Porque gallegos y ourensanos, en particular, siguen dejando atrás los paisajes y las localidades que les vieron nacer, para buscarse un mejor futuro por ahí adelante. Es cierto que ahora los mandamos o, mejor, se mandan ellos mismos, bien formados, con titulaciones universitarias o de oficios bajo el brazo. Son profesionales bien acogidos en los mercados laborales de destino. La laboriosidad y honradez van de serie.
Lo decía en este mismo periódico el historiador ourensano Xosé Manoel Núñez Seixas: “Galicia, sendo unha sociedade de inmigración, segue a imaxinarse como un país de emigración”. Y esta aseveración no dejará de plantear algunos retos, que no problemas, en el país de acogida. Por ejemplo, el obligado cambio del paradigma doliente que se construyó alrededor del “trauma” de la emigración. El propio Núñez Seixas ha destacado las ventajas materiales e inmateriales que para Galicia tuvo la emigración. Oportunidades que se abrieron gracias a las remesas económicas enviadas, pero también por el descubrimiento de nuevas tradiciones y culturas que permitieron, aquí, cambios sociales que alteraron para siempre la inmovilidad de la sociedad rural.
Otro historiador, el ilustre Otero Pedrayo, nunca dejó de desdeñar la influencia inmigrante, ya en el siglo XIX: “Algúns artículos e actividades estaban en maus de xentes de afora, como o ferro dos asturiáns, o comercio de transporte polos maragatos. O comercio, e con il o diñeiro, ficou case por enteiro nas mans de avisadas e aforronas xentes de foóa, zamoranos, leoneses, campesiños da Terra de Campos e rioxanos”. El fenómeno nuevo, aquello que hoy nos permite decir que nos hemos convertido en un país con más inmigrantes que emigrantes, es una realidad palpable en nuestras calles y en sectores casi completos de actividad, sin ir más lejos, la hostelería, el pequeño comercio, el de los cuidados o la construcción.
La inmigración hoy en Ourense y el resto de Galicia permite no solo mantener esta base productiva e invertir la tendencia de la pérdida de población. Nos ofrece también la posibilidad de asegurar, con energías renovadas, la pervivencia de todo un antiguo país.
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