Evelio Traba
LOS LIBROS QUE LEO
Frederick Douglass, el esclavo lector que alcanzó la libertad
No hay Presupuestos Generales del Estado. No hay una mayoría social ni parlamentaria sólida. No hay acuerdo sobre la financiación autonómica, un asunto clave para garantizar la igualdad entre ciudadanos y la sostenibilidad de los servicios públicos. Y, pese a todo, no hay elecciones.
En cualquier democracia mínimamente exigente, la incapacidad para aprobar unos presupuestos supone un fracaso político evidente. Sin cuentas públicas no hay proyecto, no hay planificación y no hay control parlamentario real. Se gobierna a base de prórrogas, decretos y parches, sustituyendo el debate democrático por la improvisación permanente.
Años de promesas incumplidas, mesas de diálogo estériles y discursos vacíos. Comunidades infrafinanciadas, ciudadanos que pagan más y reciben menos, y un Estado incapaz de cumplir una de sus funciones básicas
A esta anomalía se suma la falta de una mayoría clara. El Gobierno sobrevive apoyado en pactos frágiles, contradictorios y coyunturales, más pensados para aguantar que para gobernar. Se confunde estabilidad con resistencia y responsabilidad con apego al cargo.
Mientras tanto, la financiación autonómica sigue bloqueada. Años de promesas incumplidas, mesas de diálogo estériles y discursos vacíos. Comunidades infrafinanciadas, ciudadanos que pagan más y reciben menos, y un Estado incapaz de cumplir una de sus funciones básicas: garantizar la igualdad de derechos con independencia del territorio.
Ante este escenario, lo lógico en una democracia sería devolver la palabra a los ciudadanos. Sin embargo, se descarta la convocatoria de elecciones. No por sentido de Estado, sino por temor al veredicto de las urnas. Se alarga la legislatura aunque ello suponga deteriorar las instituciones y normalizar una situación políticamente insostenible.
El problema ya no es solo la falta de acuerdos o de resultados. El problema es haber asumido que no pasa nada cuando todo falla. Que nadie dimite, que nadie rinde cuentas y que nadie asume responsabilidades. Y cuando la política pierde el pudor, la pregunta deja de ser qué falta. La pregunta es qué sobra. Y la respuesta empieza a ser incómodamente clara: sobra desvergüenza política.
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