Luis Carlos de la Peña
CAMPO DO DESAFÍO
Las elecciones insuficientes
CAMPO DO DESAFÍO
Adelantar o no las elecciones generales, previstas para 2027, es uno de los motivos más reiterados en la ruidosa política española actual. El Gobierno se aferra al calendario máximo; la oposición, PP y Vox, pinta el presente como irrespirable e insostenible y, en consecuencia, clama por acelerar los plazos en la confianza de lograr el hipotético cambio. Entre medias, el abanico de partidos nacionalistas, como el universo de la izquierda a la izquierda, se reparten entre una posición y la contraria. Si el PNV pide adelantar elecciones, otros, como Arnaldo Otegi, se inclinan por esperar, en “actitud oriental”, y exprimir la agenda en clave plurinacional. En Cataluña, govern y sectores empresariales valoran el escenario pacificado que Illa y Sánchez han logrado. Ahora dirigen sus baterías al logro del traspaso de la recaudación del IRPF en su integridad. El resto, con las excepciones de Felipe González y el presidente de Castilla-La Mancha, García-Page, que van a su bola, reparten sus opiniones en función de lo que les trasladen desde las sedes centrales de los partidos, salvo una notable excepción: los alcaldes del PSOE. Todos ellos temen que la cercanía de la convocatoria de elecciones generales a las municipales lastre sus expectativas.
Cualquier acontecimiento se convierte en potencial justificación para adelantar o no el reloj electoral
Lo que en este sentido haga Pedro Sánchez es un enigma más allá de su proclamada insistencia en agotar la legislatura. En cualquier caso, no se adivinan los beneficios para él y para el PSOE de adelantarlas. Hay demasiadas penas de banquillo, y pronto sentencias, que pesan en el ánimo de quien tiene en su mano apretar el botón de la convocatoria. Más grave y conexo con esto último: la judicialización de crecientes espacios de la política está deteriorando el prestigio del poder judicial. Todas las instancias de la judicatura están ya bajo sospecha, no siendo la menor la de venalidad partidista.
En esta circunstancia de indefinición y controversia feroz, cualquier acontecimiento se convierte en potencial justificación para adelantar o no el reloj electoral. Descontada la bonanza económica y de empleo como fuerzas movilizadoras, muy devaluadas por la carestía de la vivienda y la insuficiencia de los salarios, un nuevo escándalo, la sustanciación de corruptelas en los entornos del PSOE o del PP, los despropósitos de Trump o, ahora, el viaje del papa León XIV a España, son elementos percibidos como potenciales emulsionantes de la coyuntura.
Desde esta perspectiva, el adelanto o no de las elecciones y el hipotético cambio de mayorías y gobierno, puede verse como una consecuencia limitada en sus efectos. Los males que nos aquejan y la época de torsión global que vivimos, no han sido capaces de prepararnos para compartir diagnósticos. El escepticismo y el hastío colectivos se alimentan hoy más de la angustia que de la esperanza.
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