Fermín Bocos
Condenas de boquilla
DÍAS Y COPLAS
En estos días en que la política española parece un mercadillo de lujo intervenido por la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal de la Policía Nacional (UDEF), el único que conserva la compostura es, paradójicamente, quien menos joyas lleva encima, ese señor que, sin ser padre, puede modular el acento para convertirse en papá del espíritu universal. León XIV prepara su visita a Madrid y aquí seguimos deslumbrados por otras gracias menos espirituales, aquellas que brillaban en caja fuerte de expresidente y que ahora iluminan más que cualquier cirio pascual, porque si algo ha demostrado la actualidad es que la luz que más deslumbra no es la divina, sino la que rebota en relojes, anillos, collares y piezas de lujo incautadas donde solo debería haber expedientes y bolígrafos Bic. El contraste parece escrito por un guionista con mala leche. Predicar es una cosa y la realidad es otra, sobre todo cuando la escena se adorna con cara de coleccionismo, como si cada gesto político fuese figurita para la vitrina.
Hay quien bendice y hay quien acumula; unos levantan el báculo y otros levantan inventarios. Y en medio, el país entero intentando distinguir qué brilla por fe y qué brilla por tasación. El papa insiste en la austeridad, la justicia social y la transparencia, tres palabras que en España ya suenan a ciencia ficción. Paralelo a los deseos papales, la política nacional hace tiempo que dejó de tener sentido parlamentario y vivimos metidos en un abrecajas judicial sin fin y con sorpresa dentro, como si el país entero estuviera suscrito a un pack mensual de sustos institucionales. Imagino al papa, recién aterrizado, preguntando con inocencia agustina:
-¿Y estas joyas de quién son, hijos míos?
-Padre, son… donaciones.
-Ah, claro. Como las de los Reyes Magos.
Esta semana, la política es joyería ambulante. El país asiste, entre atónito y resignado, a un desfile de titulares donde las palabras trama, “off shore”, caja fuerte y ostras con champán conviven con la naturalidad de un belén en diciembre. Y mientras tanto, el papa, hablando de lucha constante entre la oscuridad y la luz. La ironía es evidente porque el jefe espiritual de mil millones de personas llegará a un país donde la fe está en horas bajas, pero la devoción por el lujo político vive su propio renacimiento. Para eso está la Iglesia, para recordar lo que deberíamos ser justo cuando la política nos recuerda lo que realmente somos. Aquí no se reparten indulgencias, sino contratos. No se guardan reliquias, sino collares escandalosos que pueden cambiar la historia como le pasó a María Antonieta y pasó a convertirse en símbolo de un régimen al borde del colapso. Un episodio de intrigas, lujo y fraude que sacudió el siglo XVIII y que dio obras de teatro como “El Gran Copto”, del alemán Goethe, o la novela “El collar de la reina”, del francés Alejandro Dumas.
Diciendo la verdad, esta semana no se veneran santos sino asesores. Y, aun así, el papa vendrá, sonreirá y bendecirá. La penitencia cumplida será la gran ausente. Quizá por eso su visita es cara en esperanza y no por el operativo. Carísima en la esperanza de que algo de su mensaje cale en un país donde la palabra penitencia solo se aplica a los contribuyentes. Mientras tanto, las joyas seguirán brillando en los sumarios y los políticos seguirán jurando inocencia con la misma convicción con la que un niño niega haber roto un jarrón.
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