Enseñar es la forma más egoísta de aprender

Publicado: 21 jun 2026 - 01:10
Ángel García Crespo
Ángel García Crespo | La Región

En 1912, un hombre sin dinero, sin contactos y con una larga cadena de fracasos a su espalda convenció al director de un YMCA en Nueva York para que le dejara dar un curso de oratoria. La condición era insólita: se quedaría con el ochenta por ciento de las ganancias netas. Era Dale Carnegie, y lo que descubrió en aquella aula cambiaría para siempre lo que entendemos sobre el aprendizaje, y hoy, en la era de la inteligencia artificial, esa lección es más relevante que nunca.

Su primera sesión terminó antes de tiempo. Sin material preparado, improvisó: pidió a los alumnos que hablaran de algo que les enfureciera, y por accidente, descubrió una técnica que funcionaba. En 1916 llenó el Carnegie Hall. En 1936 publicó el libro que vendería más de treinta millones de copias escribiendo sobre cómo ganar amigos porque él era pésimo en eso. No enseñó desde la fortaleza. Creció precisamente porque enseñó desde la carencia.

Décadas después, investigadores de Stanford documentaron lo que llamaron el “efecto Protégé”: los estudiantes que enseñaban a otros no solo retenían mejor la información, sino que desarrollaban capacidades cognitivas más sofisticadas que quienes solo estudiaban para sí mismos. Cuando te preparas para explicar algo, tu cerebro organiza, anticipa, conecta. El conocimiento deja de ser un inventario y se convierte en algo vivo. Lo que Carnegie descubrió por intuición, la ciencia lo corroboró décadas después: enseñar no es una actividad que se añade al aprendizaje, es una de sus formas más poderosas.

Lo que no se comparte no crece. Lo que no se enseña no madura del todo. Y a diferencia de la semilla, el conocimiento que das no mengua; se multiplica en quien lo recibe y en quien lo entrega.

En Galicia hay una vieja costumbre que los de fuera confunden con parsimonia: el labrador que sabe que no tiene que guardar la semilla para sí, sino plantarla. Lo que no se comparte no crece. Lo que no se enseña no madura del todo. Y a diferencia de la semilla, el conocimiento que das no mengua; se multiplica en quien lo recibe y en quien lo entrega.

Yo lo he comprobado en la práctica desde que fundé Human-IA. Cada persona que llega con una pregunta sobre inteligencia artificial, por sencilla que parezca, me obliga a pensar de una manera que yo solo no habría explorado. El director de una ONG que quiere optimizar distribución de alimentos con IA me fuerza a resolver ética de algoritmos desde ángulos que ningún manual había contemplado. La profesora que necesita integrar tecnología sin deshumanizar su aula me desafía a articular principios que intuía, pero no había formalizado. Ellos creen que los estoy ayudando. Y es cierto. Pero yo gano mucho más que ellos.

La inteligencia artificial amplifica esta dinámica de formas que no esperaba. Hoy puedo crear recursos educativos en horas que antes me habrían llevado semanas. Puedo generar análisis personalizados para cada uno de los que me piden orientación. La herramienta multiplica la capacidad de dar. Y dar más, al final, es crecer más.

La pregunta que queda flotando no es filosófica. Es muy concreta: ¿qué podrías hacer por alguien esta semana sin calcular el retorno? No como sacrificio. Como apuesta por tu propio desarrollo disfrazada de generosidad.

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