Sobre escribir cartas

LOS ASUNTOS IMPORTANTES

Publicado: 02 ago 2026 - 07:50
Opinión en La Región
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Es una alegría distinta, espaciosa, casi masticable. Está ahí, contigo, aunque la olvides en el desgaste de los días. Está y pinza la carne al llegar a casa y encontrar la palabra del otro empaquetada en el buzón. Con una carta se ilumina el casillero entre las facturas, si seguimos recibiendo facturas postales. Es aún mejor si nos pilla la entrega presentes e intercambiamos alguna palabra con el cartero, que es una de las últimas profesiones honestas. Esto no pasa mucho. Ojalá fuese más.

Los que seguimos manteniendo alguna correspondencia residual con amigos a los que le hace gracia sentarse a escribir a mano debemos insistir en este tesoro. Encontrar una carta que ha viajado hasta nosotros, con nuestro nombre en el sobre escrito a mano y no por un robot junto a un código de barras es la felicidad máxima.

Alguien ha cerrado el sobre, incluso ha pegado con su saliva el sello con la anacrónica esfinge del anacrónico rey, si acaso lleva sello. Es un momento para celebrar. Una carta es renovar el mundo. Un mundo articulado a base de palabras escritas, aventureras y sin la urgencia del mensaje instantáneo, es un mundo a la fuerza más interesante.

Tendremos que subir a casa y buscar un lugar adecuado. También, un momento bueno, si esta cosa de la urgencia en la que se ha instalado la vida no nos permite el ahora mismo. Hay que procurarse la intimidad necesaria, porque esto es un acto íntimo, y guardar silencio al rasgar el sobre con el abrecartas. En toda casa decente debe haber un abrecartas. A ser posible de plata, experto, con años de trabajo. Cuánto nos conviene el sonido del papel desgarrado, deshaciendo sus fibras que antes fueron árbol. Rasguemos los sobres con el abrecartas, aunque pretendan que no hacen falta con esos sobres de ahora, equipados con golosinas absurdas como el abrefácil y los troquelados rectilíneos para ser rasgados con la mano, mamonadas que habrá inventado algún espabilado de los departamentos de marketing y que son la ciénaga de esta civilización. Por eso, rasguemos. Rasguemos sonoramente. Rasguemos de pie y sin hablar, para recibir ese sonido antiguo de la noticia llegante, un sonido que calma las neuras. Y pongámonos cómodos para leer las letras viajeras, porque una carta es una conversación y hay que aplicarle el tiempo preciso y toda la sustancia mejor de nuestra cosa humana.

La carta abierta tiene varias profundidades de lectura, debe ser releída varias veces y debe responderse en las primeras horas o, a lo sumo, en los días inmediatos. Hay que entregarse a la conversación por carta y hacer como nuestros abuelos, dedicar también un tiempo especial al despacho de noticias. Procurar estar presentes en ese instante conversatorio y dar nuestras energías a la tinta siempre negra y al papel, que habrá de ser popular, preferiblemente amarillo, de reciclaje tosco y con grumos, nada de blancos oxigenados de oficina y fin del mundo. Cada carta, que puede ser la última, debe ir acompañada de algún extra. Un cartoncito con un garabato. Una fotografía. La página de un calendario arrancada. Un muñeco de plástico que conseguimos colar dentro del sobre. No hay que decir demasiado, pero sí contar lo que hemos dejado de contarnos, porque la carta es un territorio especial para conocernos los unos a los otros. Hay que soltarse y permitir al otro que te lea. Se trata de eso, qué otra cosa si no. Este es el momento.

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