Juan Andrés Hervella
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En el cuento, la reina malvada le pregunta todos los días al espejo mágico si es la más bella del reino. El espejo, durante años, le dice que sí. Pienso mucho en ese espejo últimamente, cada vez que veo a alguien preguntarle a ChatGPT si su idea de negocio es brillante.
Porque la inteligencia artificial, en el fondo, está haciendo eso. Le pides un plan de negocio y te lo hace. Le pides una proyección a cinco años y te la entrega. Le pides motivos para confiar en tu proyecto y te los enumera ordenaditos, con sus puntos y sus negritas. Su trabajo es responderte, no contradecirte.
La semana pasada, sin ir más lejos, alguien me contaba que se había planteado vender bocadillos a la salida del colegio de su hija. Le preguntó a la inteligencia artificial si era buena idea y recibió un plan precioso. Márgenes calculados, estrategia de captación por el grupo de WhatsApp del AMPA, proyección anual. Lo único que la IA no sabía era que justo enfrente del cole hay una cafetería que lleva treinta años, que el AMPA tiene cuatro voluntarias dispuestas a frenar cualquier cosa que les huela a competencia, y que el ayuntamiento no da licencia ambulante en esa calle. Esas cosas, las que matan o salvan un negocio, no están en internet. Están en la calle.
La diferencia entre saber usar bien la IA y usarla mal no se nota a primera vista. De hecho, una persona con criterio y una IA al lado es alguien que produce el doble en la mitad de tiempo.
Y por ahí es justo por donde empieza el problema de fondo, que casi nadie nombra. No es que la IA mienta a propósito. La IA no miente, hace lo que le pedimos muy bien (tanto que a veces nos quedamos embobados viendo el nivelazo). El problema es que nos estamos saltando el momento de pensar, una de las pocas cosas que nos hace humanos. El primer borrador, la duda razonable, el “espera un momento, ¿esto tiene sentido?”. Antes esos minutos los pasábamos solos, dándole vueltas y vueltas a una idea en la cocina o en el coche. Ahora se los pasamos a una máquina, recibimos una respuesta convincente y aparentemente impecable, y damos el siguiente paso sin haber dudado lo suficiente.
La diferencia entre saber usar bien la IA y usarla mal no se nota a primera vista. De hecho, una persona con criterio y una IA al lado es alguien que produce el doble en la mitad de tiempo. Una persona sin criterio y una IA al lado es alguien que produce el doble del caos en la mitad de tiempo, pero con presentación espectacular. Y eso es lo que hace que sea tan difícil distinguir un buen proyecto de uno que no se sostiene: los dos llegan con su PDF de cuarenta páginas, su plan estratégico y su plantilla de redes sociales.
Quizá lo útil no sea preguntarle a la inteligencia artificial si tu idea es buena. Quizá sea pedirle justo lo contrario: que te explique con detalle por qué podría no funcionar. Que te haga una lista de objeciones que un socio honesto y realista te haría en un café. Que te diga qué información le falta para que pueda funcionar bien, o que se nos está quedando en el tintero sin darnos cuenta. Convertir el espejo en alguien que te lleve un poco la contraria. Esto cambia el resultado entero.
Porque al final esto no va de si usar inteligencia artificial o no. Esa discusión ya no tiene sentido, igual que no tiene sentido discutir si usar internet. Va de qué le delegas. Si le delegas las tareas, te ahorra trabajo. Si le delegas el criterio, ya solo te queda cruzar los dedos.
El espejo del cuento, un día, dijo la verdad. Este no lo va a hacer. Esa parte sigue siendo nuestra.
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