Chito Rivas
RECUNCHO HEBDOMADARIO
O avogado que conquistou a televisión
Wilson es el balón de fútbol al que el fabuloso Tom Hanks convierte en su amigo en la estupenda película “Náufrago”, de Robert Zemeckis, del año 2000. Un film que si nos ponemos increíbles parece, y lo es, un spot publicitario promocional largo de FedEx, sin que eso le quite ningún mérito a la película.
La primera vez que vi a Tom Hanks que yo pueda recordar fue en el cine Avenida de Ourense en la calle Curros Enríquez, en la película “Splash”, en la que compartía papel con Daryl Hannah que hacía de sirena. Tom Hanks hacía de tonto.
Pero no era tonto. Al contrario. Pronto se convertiría en uno de los grandes actores americanos del mejor cine del siglo veinte. Un tipo que nos ha regalado personajes irrepetibles como los de Sully, Salvar al soldado Ryan, La Terminal, Philadelphia, Apolo XIII, Camino a Perdición, Forrest Gump, Los archivos del Pentágono, El puente de los espías… Y tantos otros más igualmente inolvidables.
Tom Hanks es un tipo con pinta de nada. Podría ser el vecino del quinto y no nos daríamos cuenta. Como dijo una vez no sé que gloriosa actriz en decadencia a propósito de Meryl Streep malintencionadamente: “Su cara es como una cama sin hacer”.
Creo que todos los grandes actores y actrices son así, invisibles. José Luis López Vázquez, Fernando Fernán Gómez o Juan Diego eran tipos corrientes. Y también lo eran, aunque más guapos, Gregory Peck, Henry Fonda o Robert Mitchum.
Aparte está otra categoría de actores, los guapísimos. Ahí estarían Paul Newman, Marlon Brando o Montgomery Clift. O por venirnos a la actualidad y a España Juan Diego Botto, Eduardo Noriega o Jorge Sanz.
En todo caso si se fijan todos son, más o menos atractivos pero indistinguibles del vecino del quinto.
Allí estaba ella, una muchacha de Celanova hablándole a Paul Newman. Y Paul Newman le había contestado.
Una amiga neoyorquina de Celanova me contó una vez una anécdota suya genial. Es una mujer mayor, gordita, simpática y divertida.
Un día, ella vivía entonces en Nueva York desde hacía veintitantos años, coincidió en un ascensor de un edificio de Manhattan con Paul Newman. Los dos solos. Paul Newman llevaba gafas de sol. Mi amiga que es muy bajita y apenas le llegaba al pecho al actor se armó de valor y le dijo:
– Perdone, ¿es usted Paul Newman?
– Sí.
– ¿Podría quitarse las gafas para que pueda verle los ojos?
– No, nena –contestó él sonriéndole–, porque se te caerían las bragas.
Mi amiga contaba esta anécdota con orgullo. Fue uno de los momentos más emocionantes de su vida, dice. Allí estaba ella, una muchacha de Celanova hablándole a Paul Newman. Y Paul Newman le había contestado.
Esta historia que no casa con la imagen que tenemos todos de la personalidad del actor, me hace pensar a mí que ese Paul Newman del ascensor era como Wilson, la pelota con la que Tom Hanks habló durante cuatro largos años en su isla imposible.
Y Wilson al final, no lo olvidemos… muere en el mar.
Mi amiga sin embargo, sobrevivió.
Contenido patrocinado
También te puede interesar
Chito Rivas
RECUNCHO HEBDOMADARIO
O avogado que conquistou a televisión
Víctor González
Wilson
Jesús Prieto Guijo
LA OPINIÓN
Por Álvaro, por todos
Pilar Cernuda
LAS CLAVES
Un Gobierno bajo sospecha: Ceuta y la ley de nietos
Lo último
La Región
El imperio del insulto
ORÁCULO DAS BURGAS
Horóscopo del día: lunes, 21 de septiembre
LOS TITULARES DE HOY
La portada de La Región de este lunes, 21 de septiembre
La Región
Beijing, la nueva Roma