Antonio Casado
Trump nos confunde
Preguntado Carlos García Galán, el director malagueño del proyecto de la futura estación permanente en la luna, sobre cual sería el momento crítico de la misión, una vez superado con éxito el despegue, también mencionaba que la reentrada era, sin duda, el momento más complejo de lo que quedaba de misión. Felizmente ese momento se superó sin incidencias y Artemis II ha concluido su misión con éxito y ha realizado la reentrada en la atmósfera sin problemas. Entre otras cosas por “la política de confianza del programa de prueba” de la NASA, que cambió de forma drástica a raíz de los accidentes del Challerger y sobre todo del Columbia.
La reentrada es un momento crítico por dos motivos. El primero es que se debe atacar con un ángulo muy preciso para optimizar todos los parámetros de vuelo y la nave no salga “rebotada”. Hoy contamos con una potencia de calculo enorme que hace que este riesgo se minimice mucho. El segundo, causante de los accidentes más importantes, es la elevadísima temperatura que se produce por motivo de la fricción que se genera cuando la nave toca la atmósfera, aunque la causa de las elevadas temperaturas es un efecto conocido como compresión adiabática, que hace que la temperatura se dispare miles de grados en segundos. En los antiguos transbordadores temperaturas por encima de 1.600 °C y en naves Orion que llegan desde la luna, por encima de 2.700 °C, que afectan especialmente a la cara que la nave ofrece cuando entra en contacto con la atmósfera. En el caso de los antiguos transbordadores espaciales, el “morro” y la “panza”. Para evitar que la estructura metálica del transbordador se funda, se recubrían las partes más sensibles con baldosas cerámicas basadas en fibras de sílice, perfectamente ensambladas para que no existan resquicios por los que el calor penetre en la estructura. En el lanzamiento de la misión del Columbia (el 16 de enero de 2003), a los pocos segundos se desprendió un trozo de la espuma aislante que recubre los depósitos de combustible. Esta espuma está formada de un material ligero, pero que a la velocidad con la que se mueve (más de 800 km/h), genera una energía cinética capaz de producir un gran daño. Y eso es lo que sucedió, el trozo de espuma impactó contra una de las baldosas cerámicas de protección de la nave produciéndole un daño importante. Todo el suceso fue grabado y estudiado por un grupo de crisis de la NASA. Existía una considerable experiencia, de lanzamientos anteriores, y se conocían perfectamente los daños que se causaban con estos impactos y la tolerancia al daño de las baldosas. De hecho, unos años antes, en la misión Atlantis en 1988, ocurrió un incidente similar que no fue una catastrofe de puro milagro. En el caso del Columbia el calor penetró hacia el fuselaje y fundió la estructura de aluminio del ala. Cuando sobrevolaba Texas, a una velocidad de mach 80 y 80 km de altura, se desintegró causando la muerte de sus 7 tripulantes. Fue el 1 de Febrero de 2003. La CAIB (Junta de Estudio del Accidente del Columbia) criticó duramente a la NASA por una cultura de seguridad deficiente, donde los ingenieros tenían miedo de hablar y los directivos ignoraban los problemas técnicos recurrentes (como el desprendimiento de espuma, que ya había pasado en otros vuelos). Este accidente provocó la suspensión de los vuelos de transbordadores durante más de dos años y marcó el inicio del fin del programa, que se cerraría definitivamente en 2011 tras completar la Estación Espacial Internacional.
Las lecciones aprendidas con el Columbia (y antes con el Challenger) han permitido ahora completar con éxito la misión Artemis II.
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