Expertos instantáneos

Publicado: 07 abr 2026 - 01:50
Opinión en La Región
Opinión en La Región | La Región

Estos días de Semana Santa he tenido algo de tiempo para ver algunos programas de televisión y he llegado a la conclusión de que este país no tiene arreglo.

No lo digo con dramatismo sino con la tranquila evidencia de quien ha asistido, entre torrija y torrija, a un prodigio nacional: la transformación del ciudadano medio en analista geopolítico de alto nivel. Un fenómeno espontáneo, transversal y, sobre todo, imparable. Porque hoy en España cualquiera es capaz de hablar, sin despeinarse, de la situación en Irán, su impacto en los mercados energéticos y las consecuencias para la economía global. Todo ello, por supuesto, sin necesidad de abandonar la mesa del comedor, o la barra del bar.

La escena se repite con una precisión casi científica. Alguien menciona que ha subido el precio del combustible y, en cuestión de segundos, emerge el experto. No uno, varios. Surgen términos como “tensión en Oriente Medio”, “intereses estratégicos” y, cómo no, el comodín universal: la preocupación por el bloqueo del estrecho de Ormuz. Ese lugar del que nadie sabría decir si está más cerca de Cádiz o de Singapur.

En paralelo, la economía doméstica se ha convertido en otro campo fértil para el talento opinativo. La inflación y la deflación conviven en el mismo discurso con una naturalidad pasmosa. Suben los precios, pero también bajan, según el momento de la conversación, y todo responde a una lógica perfectamente clara para quien la expone, aunque resulte completamente inescrutable para el resto.

En este ecosistema florecen las tertulias televisivas, academias aceleradas de esta disciplina. En ellas, “profesionales de la opinión” enlazan conflictos internacionales, indicadores económicos y reproches políticos con una agilidad que haría palidecer a cualquier especialista. Todo en menos de dos minutos y con pausa publicitaria incluida.

Este fenómeno no es ni mucho menos patrimonio exclusivo de la barra del bar y de esos shows televisivos. Cada vez con menos disimulo afecta también a los propios periodistas. Informar exige tiempo, contexto y verificación; sin embargo, opinar solo requiere convicción y prisa. La tentación de sustituir el matiz por la consigna y la explicación por el posicionamiento no es una deriva nueva, pero sí es cada vez más visible.

En este contexto, este domingo nos dejaba Diego Carcedo, uno de esos periodistas que entendían el oficio de otra manera: con tiempo, análisis y, sobre todo, con la prudencia de quien sabe que la realidad rara vez cabe en un titular apresurado. Su muerte nos sirve de incómodo recordatorio de que hubo, y debería seguir habiendo, una forma de contar el mundo basada en entenderlo antes que intentar explicarlo.

El resultado de todo esto es un país que cree que está bien informado o, al menos, convencido de estarlo. Un lugar donde se puede pasar del precio del aceite a la estabilidad de Oriente Medio sin solución de continuidad, y donde cada conversación es, en el fondo, una pequeña cumbre internacional con mantel de cuadros.

Quizá lo más inquietante no sea la falta de conocimiento, eso siempre ha sido relativamente común, sino la absoluta ausencia de duda. Nadie titubea ni concede la posibilidad de no entender del todo un asunto. La ignorancia, que antes al menos tenía la cortesía de disimularse, se exhibe ahora con una seguridad admirable.

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