El extranjero

Publicado: 27 abr 2026 - 07:55
Opinión en La Región
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Es un pequeño salón. Hombres y mujeres intentan sentirse menos solos y más cerca de quienes son. Se escuchan risas, se perciben complicidades y se intercambian historias que riman casi todas igual. De pronto resuenan los primeros compases de una guitarra. Una voz irrumpe en el ruido de esa familia creada en la distancia, sin vínculos de sangre. La canción se impone: “… No me llames extranjero, ni pienses de dónde vengo/ Mejor saber dónde vamos, adónde nos lleva el tiempo…” El silencio se adueña de todos los presentes. Caen las lágrimas. Se escapan los suspiros. Se encuentran las miradas. Conocen la letra. “… No me llames extranjero, tu trigo es como mi trigo/ Tu mano como la mía, tu fuego como mi fuego/ Y el hambre no avisa nunca, vive cambiando de dueño…” Sienten que es suya. Que cada palabra de la canción ha salido de su dolor. Algunos se abrazan porque la pena ahogada en el discurrir del día ya no se contiene y exige un lugar visible, sin vergüenza. Están tan lejos de donde no quisieron irse que la añoranza no encuentra obstáculos para imponerse e invadir todas esas paredes.

Intentan acompañar al cantante, pero la voz se quiebra a cada momento. Cierran los ojos. Las paredes llenas de banderas gallegas, de escudos de municipios, de fotografías que atrapan la nostalgia desaparecen por unos instantes. Los presentes en ese centro de Argentina, Uruguay, México, Venezuela o Cuba han vuelto a casa por unos segundos. Respiran el aire que les vio crecer y tocan la tierra en ese sueño del retorno eterno, que casi nunca será una realidad.

Sigue sonando el poema de Rafael Amor. “Y me llamas extranjero/ Porque nací en otro pueblo/ Porque conozco otros mares y zarpé un día de otro puerto/ Si siempre quedan iguales, en el adiós, los pañuelos/Y las pupilas borrosas de los que dejamos lejos.”

El miedo del viaje, la incertidumbre de empezar de cero, la soledad de una habitación oscura, las miradas de sospecha a su paso

Y cada emigrante de esa habitación vuelve a sentir la amargura de las despedidas, el miedo del viaje, la incertidumbre de empezar de cero, la soledad de una habitación oscura, las miradas de sospecha a su paso. Reaparece el temor a no ser acogido y la sombra del fracaso que acecha sin tregua.

Desde ese centro que han construido con los retazos de su memoria y del pasado para seguir construyendo el presente, escuchan el final de la canción: “No me llames extranjero, mírame bien a los ojos/ Mucho más allá del odio, del egoísmo y el miedo/ Y verás que soy un hombre/No puedo ser extranjero”. Sigue el silencio y se agranda la morriña.

La emigración es un duro viaje que emprenden personas valientes cuyo anhelo es construir otra vida con su trabajo. Antes y ahora. Hayan salido de nuestra tierra o lleguen a ella. No crean que fuimos tan diferentes.

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