Un fogonazo tropical en este desierto “humanizado”

LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ

Publicado: 03 jun 2026 - 07:10
Opinión en La Región.
Opinión en La Región. | José Paz

Una ciudad en obras debería ser una buena noticia. Tendría que encerrar alegrías. Al menos, si pensáramos que las obras están bien concebidas y proyectadas y que llevan al conjunto de ciudadanos hacia alguna parte. Cuando hay una idea de cómo vivir y de cómo mejorar el vividero de todos, ser parte de esa transformación debe recibirse como una vibración emocionante, porque la inversión de energías tendría que hacer mejor los días de los vecinos, que son los principales interesados. Pero en Auria quizá esto no sea así.

Uno camina entre las calles levantadas para hacer la cosa de los recados, que son las grandes y mejores aventuras urbanas y ve, cómo no verlo, intentos de mensajes de ciudad-marca, de sueños de grandeza marquetiniana, pero en clave chaíñas, ciertamente cutres. Vemos muchas llamadas a la mejora. En más de un cartel se lee algo así como “humanización de esta calle”. Y, pasadas las obras, puede verse algún trozo de hierba en una acera raquítica, que hará las funciones de cenicero y también de pipicán. A alguien le ha parecido bien esta palabra, humanización, que realmente contiene una gran carga simbólica y emocional, al situar al hombre en el centro, siguiendo la estela de aquellos urbanistas humanistas que repensaron la cosa de vivir. Pero ahí se queda todo. En una humanización donde el coche sigue teniendo el mismo espacio, enseñoreado y sin pacificar, porque en esta ciudad se ha decidido vivir a contracorriente, premiando las emisiones y cortando los árboles, ahora que los mayos tienen la fuerza de agostos y que esta pequeña capital episcopal, atomizada en su valle glaciar, descubre cada verano que no tiene jardines ni sombras vegetales en las que guarecerse del sol, que no hay árboles que transpiren ni hagan transparencia de este humo de autobuses vertiginosos que van hacia ninguna parte. La Auria talada, cementada y convertida en autopista a 40º va camino de ser una ciudad imposible.

Pero, como dicen los cubanos, “no hay que coger lucha”. No podemos enfangarnos con los barros ya sabidos y hasta habrá que celebrar esas briznas de hierba integradas en las aceras raquíticas donde el caminante sufrirá el sol implacable sin sombra y el tráfico descontrolado como un mal sueño apocalíptico. Sin embargo, siempre hay edificios, abandonados por supuesto, que nos sacan de la mala uva y nos muestran direcciones alternativas, como sueños encapsulados de lo que este lugar todavía podrá ser mientras no lo destruyan del todo. Como este humilde, honestísimo y hermoso edificio blanco, cuasicaribeño, que pide clemencia en el arranque de la maltratada Avenida de Portugal. Una casita de una planta, en venta, claro está, con una fachada simétrica de molduras austeras donde habría un negocio cerrado a doble persiana y una bárbara puerta aún intacta para acceder a la primera planta. Una casa-negocio donde la vida y el trabajo estaban unidos, cuando la ciudad se pensaba a sí misma como una galería de luz en la que poder hacer la vida y no sentir que todo fuese un timo. Uno quiere ver algo colonial en esta casita historicista, al menos, el sabor de otra geografía más pura y menos mezquina, que le recuerde a esta ciudad a la deriva que todavía quedan caminos. Y que, como el sol infernal que nos abrasará este verano, los colapsos deben servir como llamadas de atención, porque hay ciertamente un urbanismo humano, pensado y hecho para las personas, bajo el asfalto y la mezquindad. Es ahí adonde habrá que ir. Y las bellezas contenidas de estos edificios vacíos son todavía una dirección a seguir.

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