Itxu Díaz
EL ÁLAMO
Sánchez arrojó a los españoles al tren
LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ
Si a algo hemos venido a esta vida, quizá sea al asombro. El asombro por la propia vida. El asombro por este tiempo que se nos concede entre otras vidas, las que hemos sido y las que seremos, una vez comidos después de comer y transformar a otros seres en nosotros mismos en esta encarnación de humanos paseantes y apreciadores de empanada. Asombrarnos debería ser la única tarea a la que nos tendríamos que obligar cada día. Aunque no apetezca. Aunque nos creamos suficientes. Obligarnos a escudriñar los ojos y forzar al corazón para contemplar lo que hay delante con la distancia justa, bajados de la prepotencia resabiante. Nuevos como niños nuevos. Tiernos como niños tiernos. El asombro es una capacidad que se nos va constantemente, que perdemos con las corazas de persona resuelta. Pero es ahí donde hay que regresar. Justo ahí. Al lugar donde somos blandos y capaces de ver con los sentidos importantes, que son todos los que no utilizamos para ver el mundo y nos sirven sin embargo para comprender. Este sería el trabajo, acercarse a las cosas sin esperar nada, para que ellas mismas se muestren y nos cuenten lo que tengan que contarnos, porque todo está vivo y nos habla.
Una fuente que se sigue llamando A Fontenova y que ha pervivido, milagrosamente, en la vereda del camino
Con el asombro bien puesto y los ojos inocentes, la ciudad nos dice de sus vidas anteriores e invita a comprenderla sin nuestra proverbial soberbia de señores de provincias sigloventiunistas, que es una enfermedad crónica, mortal e incurable. Así, cuando uno sale por sus senderos viejos, como el antiguo Camino Real a Castilla, a través del lugar de Seixalbo, puede ir pensando en la ciudad anterior que late debajo. Debajo y tan debajo, porque los hombres que están ahora en la superficie han hecho crecer el viejo sendero hasta casi enterrar a la fuente milenaria que ha dado de beber a humanos y bestias desde la noche de los tiempos. Una fuente que se sigue llamando A Fontenova y que ha pervivido, milagrosamente, en la vereda del camino. Al elevarlo y asfaltarlo, han construido unas escaleras para llegar a la fuente y se ha contenido el terreno con cantería de piedra, añadiendo un banco tosco, de piedra serrada, muy feo y muy mal envejecido. Toda fuente es un lugar de dioses, porque el agua naciente es un milagro sucesivo, donde brota la vida misma desde las entrañas de la tierra. Un agua que somos nosotros mismos naciendo al mundo por primera vez y que se transforma en nuestro propio cuerpo y pensamiento con solo beberla. Por eso, en cada naciente aguarda una ninfa, la presencia custodiante de la gran renovación vital del agua que fluye. En esta fuente se las siente bien, a pesar de todo.
Si uno baja esos escalones, encomendado a su mejor asombro para no disgustarse con las casas-mamotreto de alrededor, que una sociedad cuerda debería demoler repartiendo la minuta entre sus propietarios y el arquitecto municipal, escuchamos su gluglú mágico. Ahí sigue, manando a chorro desde la pared de piedra al viejo pilón, que es en realidad un sarcófago. Casi se agradece este pasadizo-cápsula, aunque haya aniquilado el entorno original, porque protege a la fuente del horroroso paisaje del ahora. A solas con el agua manante, podemos olvidar el runrún de los coches y filtrar el canto de algún pájaro bueno, que, quién sabe, tal vez sea la presencia de algún difunto medieval que tiene a bien beber con nosotros. Bebemos ese agua, claro, sin querer pensar demasiado en los herbicidas, venenos y pozos negros clandestinos de los paisanos, concentrando el corazón en los miles de bebientes que hicieron de este lugar ciudad. Aquí todavía hay verdad.
Contenido patrocinado
También te puede interesar
Lo último
FITUR 2026
Ourense un destino turístico “slow travel”
CONDICIONES METEOROLÓGICAS
Se suspenden las clases en los colegios de Ourense por la borrasca Ingrid