La Formación Profesional

Publicado: 17 oct 2009 - 02:00 Actualizado: 11 feb 2014 - 00:00

Al inicio del nuevo curso nos encontramos con la noticia de que la demanda para estudiar ciclos formativos había aumentado en todo el país, llegando a alcanzar en Galicia un 28 por ciento más que en el año anterior. El dato resulta esperanzador si se tiene en cuenta la necesidad existente de este capital humano, sobre todo en el campo tecnológico de fuertes y continuos cambios.

Ante esta información, es evidente que la percepción que padres, estudiantes y empresas tenían de la Formación Profesional ha comenzado a cambiar sensiblemente en los últimos tiempos, favorecida por una mejora, no solo en las perspectivas laborales, sino también en la valoración de estos estudios.

Hasta ahora, el bajo nivel de aceptación era algo que venía sucediendo desde que la Formación Profesional existe como tal -hace más de 80 años- y que, a lo largo de este tiempo, se ha ido fomentando con innumerables errores de planteamiento por parte de la Administración y por la falta de exigencia en la calidad. También es justo reconocer que durante todos estos años han existido intentos que han querido paliar, con éxito desigual, algunos de estos errores en cada nueva legislación.

Desde el lejano y fracasado Estatuto de la Formación Profesional de 1928, que intentó sentar las bases, pasando por la profunda reforma de la LOFP de 1955 o la inclusión, por primera vez, dentro del sistema educativo con la LOGSE en 1990, hasta la reciente Ley de Cualificaciones y Formación Profesional de 2002, sin olvidar, dentro del marco comunitario, las pautas establecidas para modernizar la educación por el Consejo Europeo en Lisboa en el año 2000.

Recientemente, un informe de la OCDE del año 2007 sobre educación puso de manifiesto que en España un 36 por ciento de los jóvenes elegían la opción de Formación Profesional frente al 54 por ciento de la media europea. Hoy, si realmente aspiramos a equipararnos a los países de nuestro entorno que ya han conseguido una Formación Profesional competitiva gracias a una inversión pública y privada y si queremos que un mayor número de jóvenes se incline, a la hora de elegir su futuro, por esta opción, debemos aunar esfuerzos para desterrar esos últimos datos que aún siguen dejando constancia de que quedan muchas cosas por hacer y aprovechar este repunte y el mayor convencimiento de la necesidad de una Formación Profesional de c alidad como motor imprescindible de nuestra economía.

Para ello urge, por lo tanto, desterrar todo aquello -político, educativo y social- que ha lastrado nuestra Formación Profesional, sobre todo en los últimos tiempos. Deben desaparecer etiquetas como reducto de los que han fracasado en los estudios o el bajo nivel educativo de los alumnos. A esto, como barreras que hemos de superar, hay que sumar la lenta adaptación a las innovaciones tecnológicas y la falta de adecuación de muchas titulaciones en un cambiante mercado de trabajo, lo que ha creado desajustes en la oferta y la demanda.

Corresponde a la Administración superar los desequilibrios aún existentes en cuanto a calidad y prestigio, como también le compete subsanar la descoordinación que origina la existencia de diecisiete sistemas educativos, así como la división administrativa entre la Formación Profesional reglada, la continua y la ocupacional, ubicadas en diferentes ministerios. También le corresponde al sector empresarial asumir su responsabilidad apostando por una mayor implicación en la cooperación, diseño y ayuda de una formación que tan ligada debe ir a las demandas de este sector.

Reconocidos los errores y convencidos de que la Formación Profesional es uno de los motores vitales en cualquier economía, se vuelve imprescindible seguir mejorando su percepción, reducir su fracaso y hacerla más atractiva para los jóvenes. Para ello, hay que evitar la improvisación y cualquiera de los puntos débiles del pasado. Por lo tanto debiéramos orientarla hacia un modelo competitivo que se adapte a la realidad de la economía del conocimiento y de la innovación -en la que ya debería estar inmerso nuestro país-. El esfuerzo, la calidad y la excelencia son pasos previos e imprescindibles para lograrlo. Cuanto más elevada sea la formación, mayor es la posibilidad de alcanzar un empleo y la de poder competir en un mercado de trabajo en constante transformación y también cada vez más exigente y globalizado.

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