Carlos Risco
COSAS QUE CONVIENEN
Conocer (y reconocer) a los pájaros del jardín
Año 2016. Con los últimos coletazos de una veintena irracional, paseo por la arena de Ipanema, asido de la garota a la que le canta Tom Jobim. Llevo varias semanas en Río coleccionando los vasos que el “merchandising” ha pintarrajeado con el icono los agones olímpicos y calibrando el número de chopes que puedo seguir hincando. El estadio de Copacabana es mi hábitat. Muchos me saludan. Sin saberlo, estoy configurando los recuerdos más felices de mi vida. Antes de que los portugueses descubrieran Brasil, Brasil ya había descubierto la felicidad.
El 19 de agosto está marcado en rojo. Una joven de la misma bandera que la que llevo anudada juega la final del bádminton en Barra da Tijuca. Toño, el padre de mi mejor amigo, también está allí para verlo. Hace una semana tuve que asistirlo en cuatro interminables horas de tenis de mesa, aturdido por una resaca criminal, pero ahora el éxtasis es mutuo. Carolina Marín es doble campeona mundial y europea y, en junio, agarró un número 1 que no suelta. En semifinales ha derrocado a la poseedora de la corona de olivo, Li Xuerui, y en la final espera su némesis, Shindu -China e India, los dos países con buena parte de los 200 millones de personas que juegan al volante-. Caro no se arredra. Pierde el primer set y se yergue en una epopeya para instalarse en el peldaño más elevado del Olimpo. Levantarse será siempre su “leitmotiv”.
Sobrevivo entre la marabunta. Carolina y su grupo se alejan camino de la villa. ¿Me permites una foto? Por supuesto. Toco el oro. Tengo la foto
Tras las medallas, persigo su silueta egregia. Entre la muchedumbre, Toño ha conseguido un selfie de extranjis y no debo ser menos. Intento acceder a la zona de prensa, pero me obstruyen y aperciben varias veces. Me cambio de ropa, me cuelgo la Nikon del pecho y me encajo en un grupo de periodistas. Puede que acabe en la penitenciaría de Bangú, pero consigo entrar. Sudo tanto como Harrison Ford en “El Fugitivo”. Espero dos horas mientras despejo suspicacias simulando que edito fotografías. ¡Ha salido! Grita una voz advirtiendo que ha pasado el antidoping. Sobrevivo entre la marabunta. Carolina y su grupo se alejan camino de la villa. ¿Me permites una foto? Por supuesto. Toco el oro. Tengo la foto.
Hoy esa instantánea de la resiliencia vale millones. Por todas las veces que se ha puesto de pie. Tras el oro carioca gana cinco campeonatos continentales, unos Juegos Europeos y otro mundial. Con las rodillas destruidas y el corazón deshecho. En enero de 2019, se resquebraja la derecha. A un mes de Tokio, se rompe la izquierda y los dos meniscos. Entre medias, fallece su padre y mentor Gonzalo tras una larga enfermedad. Se reinventa y llega a París como la número cuatro. Y ocurre aquel drama. Su rodilla derecha emite un chasquido familiar: “Me he roto”. Carolina se queda sin medalla, pero su victoria es muy superior a cualquier metal. La imagen de He Bing, en el podio, sujetando el pin de España ya forma parte de la iconografía olímpica.
Aquel fue su “last dance”, pero aún quedaba una lección. En octubre de 2025 sufre un colapso y decide alejarse de las redes sociales, donde todo es figurado, para “encontrar la felicidad”. Hace un par de días, llegaba el estoque definitivo. Una noticia tan punzante como inevitable: “Mi camino acaba aquí”.
Hace 534 años otros tres onubenses apellidados Pinzón salieron de Palos en carabela para descubrir el Nuevo Mundo. Volvieron con las arcas llenas de oro y un botín de descubrimientos. Las hazañas de Caro también serán contadas a las generaciones para enaltecer el mito de quien salió de Huelva con humildad y regresó con conquistas. Porque Caro es patrimonio universal del que conviene enorgullecerse.
@jesusprietodeportes
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