Victoria Lafora
El secreto de las joyas
HISTORIAS INCREÍBLES
Me pregunto si esto que siento por ti es adrenalina o cortisol. Porque las emociones son indescriptibles. Las percibimos en el pecho, pero procesamos este amor como si fuese un placer intelectual. Como cuando la mañana extiende su sábana inconsútil, como cuando se levantan al unísono todos los pájaros que durmieron en el bosque, como cuando esa flor, aún sin nombre, se pone a esparcir ese vaho, y decimos: ¡oh!
La ciencia se ha preguntado siempre por las emociones y ha intentado solucionar esa pregunta ingenua: ¿Con qué te amo? ¿cerebro o corazón?
Cuando niño intentaba descubrir lo que tenían las cosas por dentro. Las preguntas eran evidentes: ¿por qué suena? O ¿por qué se mueve? Creo que si alguien me hubiese preguntado cual era mi verdadera vocación, le hubiese contestado: descubrir la esencia de las cosas.
Pero claro las cosas se guardan de forma egoísta su esencia para sí. Acercarles el bisturí de la ciencia suele ser la solución. Así se van quedando ante la mirada de los seres humanos como una naturaleza con la puerta de par en par.
¿Ves? Yo también creo que habitas en mi cerebro y así eres, a todos los efectos, un pensamiento. Pero uno que me inhabita por completo. Pienso en ti, cómo no, y entonces, y no exagero, el mundo se llena de color y cada cosa se pone exactamente en su sitio. Por el contrario, si tú no estás todo se desbarata, se altera, se desarregla y se arruina.
Las personas también guardan dentro su esencia y ahí nadie puede acercarse, a no ser que el otro te lo permita.
Ya sé que las emociones fuertes activan el sistema nervioso. La alegría que me produces activa el sistema simpático e induce a que el corazón palpite mucho más rápido. Si dejo de amarte, en un suponer, el corazón se vuelve patizambo y si le pregunto a un especialista en medicina seguro que me dirá como diagnóstico que tiene la pinta de ser una miocardiopatía de libro.
Las personas también guardan dentro su esencia y ahí nadie puede acercarse, a no ser que el otro te lo permita. Nadie tiene, tampoco, esa prerrogativa. Te gusta darnos esa libertad. Hablamos hoy de amor y lo que éste es; déjame decírtelo, es tener la llave para entrar en el corazón del otro. Poseyendo su beneplácito se hace todo su ser accesible. No tengo esa llave para entrar en tu alma, quedarme quieto y escucharte.
Si pudiésemos preguntar al apóstol Juan, nos describiría con más eficacia cómo late tu corazón. En la postrimera cena acercó su oído y escuchó aquel latir. Auscultar el palpitar del corazón de Dios es lo más sublime y marca el ritmo esencial.
Los marcadores somáticos son todo el repertorio emocional que hemos adquirido a lo largo de nuestra vida. Esos marcadores nos hacen percibir de una manera determinada el universo. No sólo eso, sino que nos influyen en nuestras diarias decisiones.
Tú, Señor, eres ese marcador somático. Pensamiento y corazón. Esencia eres de todas las cosas, motor que mueve el universo.
Eres ese, de quien yo hablo.
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