Jenaro Castro
TRAZADO HORIZONTAL
Yo confieso
EL ÁNGULO INVERSO
Nunca conté la historia de aquel futbolista atormentado. Ayer lo hablé con un amigo y me dijo que lo que iba a narrar rozaba el amarillismo. Yo pensé lo contrario. La historia del ser humano ante su destino. Le añadí que el artículo también era un ejercicio catártico.
Vayamos allá. Tal vez lo haya contado, hermano lector. De aquellas, yo estudiaba en aquel inolvidable colegio Cisneros la jodida reválida de 4º. Siempre recordaré aquel 4ºB. Allí abrevábamos una tropa del demonio; alumnos repetidores, jóvenes que llegaban quemados de otros colegios, otros expulsados y yo, que huía de la disciplina falangista del entonces colegio Calvo Sotelo. Que conste que a veces hacemos comidas y sorprendentemente, a todos nos fue bien. El lema de Xocas y López Cid, profesores de lujo: “el error no se castiga, sino que se convierte en aprendizaje”.
A aquel 4ºB llegó también, huyendo de no sé qué lugar, el que después fue el gran portero mundialista Miguel Ángel. Ya llevaba el fútbol dentro; lo llamaban desde fuera y él, se arrastraba como un mono hasta saltar por la ventana. Hay que joderse: yo firmé sus primeras crónicas. De vez en cuando, enviaba un artículo de atletismo al periódico. Lo dirigía entonces Don Ricardo Outeiriño.
A veces va el diablo y se pone de tu parte. Conque enfermó un redactor de deportes. Me llama a su despacho: “¿Se atreve usted a viajar con el equipo y mandarnos la crónica por teléfono?” Se refería al Couto, entonces poderoso segundo equipo de la ciudad. Así empezó mi vida periodística. A las 10 de la mañana, allí estaba como un clavo a la puerta del estadio. Entré en el autobús y me senté con mi compañero de curso, Miguel Ángel.
Ya llevaba el fútbol dentro; lo llamaban desde fuera y él, se arrastraba como un mono hasta saltar por la ventana.
Pero lo que quiero contar ocurrió en el segundo viaje. Faltaba un jugador. Esperamos unos minutos y por fin llegó él, cabizbajo, aspecto desastrado. No saludó a nadie y se sentó al fondo del autobús. Nos detuvimos a comer en un restaurante y el jugador, silencioso, se sentó solo en una mesa. El entrenador, el inolvidable Luis Soria, respetó su actitud. Yo estaba a la entrada del vestuario. El entrenador le dijo: “¿estás para jugar?” Nuestro hombre asintió, apretando los dientes.
Créeme, lector, ahora mismo recorren por mi mente imágenes de aquel partido. Jamás he visto a un futbolista con tanta fiereza en el campo. Cielo santo, corrió como un endemoniado, no le paraba ni Dios. Entraba con la dureza de un soldado de Espartaco, o de los Tercios españoles. Inevitable, las imágenes me recuerdan la Olimpiada de Amberes, en 1920, cuando en un España-Suecia, Belauste gritó la mítica frase “A mí el pelotón, Sabino, que los arrollo”. Belauste entró en tromba con sus casi 2 metros y 100 kilos. Fue tal el ímpetu que acabaron en la portería, la pelota, el portero, 3 defensores y el propio Belauste. Ahí nació el término la furia española, que bautizaron los periódicos europeos.
Sin duda, nuestro hombre sería un digno compañero de Sabino. De aquella, no había tarjetas. No me explico cómo el árbitro no lo expulsó. Tengo para mí que la mirada intimidatoria del jugador lo echó para atrás.
(Pasó cierto tiempo. Nadie hablaba del asunto. Pero mi instinto periodístico quería saber. Por fin, una noche Soria me confesó: “yo era el único que sabía lo que le había ocurrido. Por eso lo dejé tranquilo. Decidí que jugar podría frenar sus instintos sanguinarios. No te digo más: era un problema de cuernos. Intuí que preparaba una venganza. Jugó el partido y fue catártico. Después, lo cuidé en los entrenamientos. El fútbol lo salvó”).
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