Las gacelas no hacen ruido

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Publicado: 21 jun 2026 - 06:40
Opinión de Jorge Vázquez
Opinión de Jorge Vázquez | La Región

Hace unos días, volviendo de madrugada por una carretera secundaria de la provincia, me fijé en una nave iluminada. Las siete de la mañana, niebla cerrada, y dentro ya había gente trabajando. No tenía un cartel llamativo ni un nombre que yo reconociera. Probablemente fabrica una pieza que acaba en un coche alemán o en un barco que faena lejos de aquí, y casi nadie sabría decir a qué se dedica. Seguí conduciendo con una idea fija: Galicia está llena de empresas así, invisibles desde fuera e imprescindibles desde dentro.

Lo confirma un dato que leí esta semana. Un estudio que ha analizado más de noventa mil sociedades en España sitúa en Galicia 1.140 empresas de alto crecimiento y 35 “gacelas”, esas compañías que multiplican su tamaño en muy pocos años sin apenas levantar la voz. Me gusta esa palabra. La gacela no presume de correr. Corre porque le va la vida en ello, y lo hace en silencio.

Vivimos rodeados de una cultura que premia el anuncio por encima del resultado. La ronda de financiación se celebra más que el cliente fiel, la foto en el congreso pesa más que la nómina pagada a tiempo doce años seguidos. Y sin embargo, cuando uno mira de cerca el tejido que sostiene esta tierra, encuentra justo lo contrario: gente que trabaja mucho, habla poco y construye para que dure. Esa discreción, que a veces confundimos con falta de ambición, es en realidad una forma muy seria de ambición.

El que no se cree el mejor el día que gana, tampoco se hunde el día que pierde. Y los negocios, como casi todo lo que importa, se ganan en la distancia larga, no en el sprint del titular.

He conocido a unos cuantos de esos empresarios. Rara vez los verás en una portada. Reinvierten casi todo lo que ganan, conocen a sus trabajadores por su nombre y por el de sus hijos, y cuando vienen mal dadas aprietan los dientes antes que el botón de los despidos. No tienen un departamento de comunicación que cuente lo que hacen, porque están demasiado ocupados haciéndolo. Cuando les preguntas por su secreto, casi siempre responden lo mismo, encogiéndose de hombros: trabajar bien y no deber nada a nadie.

Lo llamativo es que muchas de esas empresas compiten en el mundo entero sin moverse de su sitio. Desde un polígono de la provincia, desde un puerto pequeño o desde un pueblo del interior que no sale en los mapas, fabrican o exportan a clientes que jamás pisarán Galicia y que probablemente no sabrían situarla. No necesitan estar en una gran ciudad para jugar en primera. Les basta con hacer una cosa mejor que casi nadie y sostenerla, año tras año, sin que el éxito se les suba a la cabeza ni el primer tropiezo les desarme. Esa constancia callada vale más que cualquier eslogan.

Hay quien lee en esa actitud un complejo, como si nos faltara descaro para salir a vender lo nuestro. Yo lo veo distinto. La retranca con la que aquí se habla de los logros propios no es timidez, es una manera de protegerse de la euforia. El que no se cree el mejor el día que gana, tampoco se hunde el día que pierde. Y los negocios, como casi todo lo que importa, se ganan en la distancia larga, no en el sprint del titular.

No quiero idealizar. El silencio también tiene su precio. Esa misma prudencia que nos hace fuertes puertas adentro nos cuesta cara puertas afuera, cuando llega el momento de atraer talento joven, de abrir un mercado nuevo o de que un inversor entienda lo que tiene delante. A una gacela no le sobra contar, de vez en cuando, hasta dónde es capaz de llegar. Crecer en silencio está bien. Crecer en secreto, no siempre.

Quizá el equilibrio esté ahí. En no convertirnos en lo que tantas veces criticamos, ese ruido que tapa el vacío, pero en aprender a poner en valor lo que ya somos. Porque el problema nunca fue que aquí faltaran historias que contar. El problema es que las mejores casi nunca se cuentan.

Vuelvo a aquella nave en la niebla. No sé cómo se llama la empresa ni qué fabrica exactamente. Pero sé que a las siete de la mañana había luz, y que esa luz sostiene más de lo que parece: un puñado de familias, un pueblo que no se vacía del todo, una provincia que sigue en pie porque alguien madruga para que siga. Las gacelas no hacen ruido. Solo corren. Y mientras corran, esta tierra tiene futuro, aunque casi nadie la oiga.

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