Galicia: geografía sentimental de un antiguo país

Publicado: 12 ene 2025 - 00:08

En Galicia, la intensa huella de la proyección humana sobre el entorno ha quedado plasmada en un febril afán nominalista, un empeño por nombrarlo todo, lo que supone una forma de identificación e individualización, pero también de apropiación mediante el lenguaje de cuantas formas singulares componen el paisaje en sus diferentes tramos o secuencias. De este modo, un rico tapiz toponímico ha quedado extendido sobre el terroir, dotando cada una de sus partes de identidad lingüística. La extrema prodigalidad nominalista distingue todo aquello que se yergue ante la mirada humana, singularizando con la abundantísima toponimia todos y cada uno de los recantos y menudos accidentes orográficos de leiras, devesas, soutos, chairas y corredoiras. Esto no es algo que suceda en las cercanas tierras de León y ni en los páramos de Castilla. Pocos lugares habrá en el planeta con parecida profusión de esa rara inflorescencia que la filología bautiza como microtoponimia.

El paisaje agrario ha sido una realidad fáctica construida por la energía de unos labriegos obligados a procurarse con su trabajo los alimentos indispensables para su supervivencia, amén de un excedente (que en algunos casos mermaba unos recursos muy escasos, viéndose sumidos en la miseria) para sostener a los estamentos privilegiados, abonándoles tributos, foros y diezmos

Otero Pedrayo sostiene en luminosas páginas que nuestro entrañable paisaje constituye el soporte a la par de la cultura material y espiritual. El autor que firma como I. Seara, apunta que los campesinos se identificaban con las estructuras territoriales que habitaban, conformadas de modo eminente por las aldeas, parroquias y pueblos de referencia en los que tenían su asiento los ayuntamientos y se celebraban las ferias. Tales estructuras se han ido conformando con los trabajos agrarios, los desplazamientos y encuentros por los caminos, en los que las gentes se detenían un rato para conversar (y botar un pito, si eran hombres); y, de este modo, han ido surgiendo, como decíamos, dichas estructuras, merced a todo lo que hacía del paisaje un territorio construido, física y emocionalmente, un espacio forjado de experiencias y de relaciones colectivas a través de los siglos. Un pequeño mundo en el que se escuchaba el bronce de la misma campana del templo parroquial, y en el que todos sabían de qué casa venía siendo cada cual. Un hábitat en el que cobraba sentido la vida de sucesivas generaciones que habían sido bautizadas en la misma pila bautismal, trabajaran y sudaran a diario los mismos campos y, al cabo de sus días, habían recibido sepultura en el camposanto de la misma iglesia, cubiertos por una tierra que hollaban día tras día sus familiares y vecinos.

El ser humano ha tenido que adaptarse al medio natural. Durante muchos siglos, su precaria tecnología le ha obligado a respetarlo, modificándolo solo en una cierta -y modesta- medida a tenor de sus intereses. El paisaje agrario ha sido una realidad fáctica construida por la energía de unos labriegos obligados a procurarse con su trabajo los alimentos indispensables para su supervivencia, amén de un excedente (que en algunos casos mermaba unos recursos muy escasos, viéndose sumidos en la miseria) para sostener a los estamentos privilegiados, abonándoles tributos, foros y diezmos. Pegerto Saavedra refiere con muy buena pluma este esfuerzo de transformación en que cabe apreciar la épica tranquila de cotidianidad denodada: “Fueron los campesinos incluyendo entre ellos algunos hidalgos y curas “monteses” quienes roturaron comunales, introdujeron nuevos cultivos y modificaron las rotaciones, construyeron modestas casas de morada y alpendres anexos, trazaron caminos y senderos a veces ayudados por el ganado que seguía rutas determinadas para alcanzar los pastos comunales. Desde esta perspectiva el paisaje es un producto histórico una “tona” resultado del trabajo acumulado de generaciones que desde el fondo de los tiempos mantenían una “unión cósmica” con la naturaleza crecientemente transformada pero rara vez agredida”. Coincidirán conmigo en que los historiadores a veces saben contar bien estas cosas.

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