Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Portero de noche
Campo do Desafío
a hasta ahora primera oleada de incendios del verano deja una estela de dolor, asombro, impotencia e interrogantes. ¿Qué se llevará por delante el próximo incendio? Los expertos, al menos el consenso de la mayoría, anuncian nuevas y más graves olas de calor y, en consecuencia, más incendios de imposible extinción con los medios convencionales a nuestro alcance. Tenía razón la ministra de Defensa, Margarita Robles, la pasada semana: “los incendios se apagarán cuando cambien las condiciones meteorológicas”. Y así fue: la bajada de temperaturas permitió reconducir un fenómeno ante el cual somos todavía impotentes.
"Que el calentamiento del Mediterráneo provocará más danas; que los países de la UE debemos trabajar juntos, aportando financiación y medios compartidos y, dentro de cada uno de ellos, todos los niveles administrativos deben permanecer solidariamente implicados y coordinados en un pacto de Estado para asumir la transición energética y el cambio climático"
Más allá del debate de campanario sobre culpas, responsabilidades y ajustes de cuentas, quienes trabajan y piensan en la perspectiva del medio y el largo plazo están diciendo cosas que debiéramos atender. Por ejemplo, que las olas de calor, por encima de los 40º, se harán más frecuentes, con picos en los 45º y hasta puntualmente 50º. Que, en consecuencia, los incendios de sexta generación, aquellos que queman superficies superiores a las 10.000 hectáreas, serán también el pan nuestro de cada verano y que la gestión del monte debe pasar a ser una cuestión prioritaria en la conciencia colectiva de la población rural y de las administraciones públicas, con brigadas forestales haciendo gestión activa sobre los ecosistemas durante todo el año. Que las ciudades y las áreas urbanas, donde hoy vive el 81% de la población en España y el 66% en Galicia, no están preparadas para atenuar y gestionar los efectos de temperaturas tan elevadas. Que el calentamiento del Mediterráneo provocará más danas; que los países de la UE debemos trabajar juntos, aportando financiación y medios compartidos y, dentro de cada uno de ellos, todos los niveles administrativos deben permanecer solidariamente implicados y coordinados en un pacto de Estado para asumir la transición energética y el cambio climático. Por sintetizar este largo párrafo en una frase dicha por Teresa Ribera, vicepresidenta de la Comisión Europea para la Transición Limpia, Justa y Competitiva, “los momentos difíciles serán cada vez más frecuentes”.
Frente a este estado de la ciencia, se alinean quienes prefieren su deslegitimación, por considerarla una bagatela de valores culturales de la izquierda o porque todavía se aferran a la industria extractiva de los combustibles fósiles, el drill, baby, drill trumpiano. No parece que el debate político en España tenga hoy la distancia y serenidad suficientes para extraer las conclusiones compartidas y debidas de los desastres presentes y de los que vendrán, pero esto no rebaja ni su inminencia ni su gravedad. La crisis climática y la transición energética cuestionan tantas prácticas interiorizadas como rutinarias e intereses consolidados, que será difícil encontrar su adecuado encauzamiento. Al menos, tiene ya un nombre retador: la Gran Adaptación.
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