Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
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Días de Pasión. Incienso en las calles. Costaleros, silencio y saetas. Paños morados en las ventanas. Lumen crucis, mantilla y tambores. La Amargura, el Santo Entierro, la Macarena, el Nazareno, y la de la Soledad. Ramos de olivo, faroles que amarillean, bordados sacros, y cruces en los estirados estandartes. El rostro sangrante y omnipresente de un Cristo perdedor que sin embargo reinará. Simbología de una España que retumba en eternidades a través de generaciones y tradiciones.
La Semana Santa es un tiempo eminentemente religioso, cristiano, pero la lección más importante que encierra es universal. Cuando decimos que nuestros valores occidentales son herederos de la cultura cristiana a menudo olvidamos hasta qué punto nuestra vida –felizmente- sea o no religiosa está traspasada por ellos.
De toda la historia de la Pasión, que conocemos al milímetro, de estación en estación, lo que no deja de asombrarme es la idea del perdón. El Hijo de Dios, condenado, ultrajado, azotado, insultado, crucificado. Abandonado por los mismos a los que amó, a los que tanto bien hizo. El Hijo de Dios sin rasgo alguno de la cólera. El Hijo de Dios callado, sereno, sufriente. El Hijo de Dios amando hasta el extremo, sin tropezar en la rabia, la venganza, ni siquiera en la justicia.
El perdón es -con el amor- lo mejor de nuestra herencia cristiana
Al lado del inmenso peso emocional de la cruz de Cristo, mucho más doloroso que el físico, nuestras ofensas cotidianas se vuelven diminutas. Si Cristo padeció por las traiciones, pecados y aberraciones de toda la Humanidad, fotografiadas al instante en quienes en aquellos días le escupieron y abofetearon en su via crucis, y perdonó, la permanencia de nuestros rencores representa todo lo que está mal en nuestra naturaleza, es decir, todo lo que se vuelve contra nuestra propia naturaleza, que de algún modo aspira a una bondad eterna, a una trascendencia en paz.
Días de perdonar. De olvidar. De disculpar. El odio enquistado nos hace creer más fuertes, cuando nos convierte en más vulnerables. Los pies llagados y quebrados de Cristo dejan de ser de barro en el instante en que perdona, porque ninguno de sus agresores podría jamás aspirar a tanta grandeza, a tanta humanidad, a tanto amor. Si la cruz ha prevalecido a lo largo de los siglos es por el amor, por el perdón, y por la misericordia de un Dios hecho hombre, no por una burda historia de iniquidad humana, que muere en el olvido del mal, siempre monótono, cuando no burbujea en la nada del infierno.
El perdón es -con el amor- lo mejor de nuestra herencia cristiana. Un perdón sin condiciones. Un perdón injusto. Un perdón que empequeñece nuestro orgullo y nuestra ridícula esclavitud a la arrogancia, y nos libera, nos reconcilia con esa brizna de luz que llevamos dentro incluso en las peores tinieblas.
La pírrica victoria del demonio no es tanto el mal en sí, sino la ausencia del perdón; ya ni siquiera el explícito hacia quien nos ha ofendido, sino la disculpa sincera en nuestro interior. Todas las rencillas que guardamos, las venganzas que preparamos, los desplantes en los que insistimos, y los rencores que alimentamos hacia los nuestros, son la verdadera posesión diabólica de nuestro tiempo.
Vivir abrazados al mal cierra las puertas al amor y cansa, agota los deseos de bondad que pueda esconder nuestra naturaleza. Por eso, frente a la tristeza de fondo que deja nuestro empeño en reforzar la ofensa recibida, emerge en este tiempo la luz del Cristo de la Misericordia, recordándonos que construir un mundo mejor no es algo que pueda hacerse a través de grandes instituciones de ayuda y justicia, y planes globales de acción. Construir un mundo mejor solo puede hacerse en lo inmediato, en lo que está en nuestra mano. Y solo puede hacerse ejerciendo desinteresadamente el perdón en nuestro interior.
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