Luis del Val
No a los incendios
Freud y Einstein mantienen el diálogo: ¿por qué la guerra? Dos hombres que conocen el corazón humano desde el tiempo y el espacio, desde sus reacciones humanas y animales, necesitan saber cuál es la razón que nos lleva a matarnos los unos a los otros. No se responde de manera sencilla, no con la mirada puesta en lo militar, hay que entrar en lo más profundo del conocimiento. Su conversación es recogida en un libro muy recomendable: ¿Por qué la guerra?
No esperen una definitiva respuesta. No la hay.
“Por consiguiente, parece que el intento de sustituir el poder real por el poder de las ideas está condenado por el momento al fracaso”, y sentencian: “El ser viviente protege en cierta manera su propia vida destruyendo la vida ajena”. Conclusión que aterroriza.
Nos culpamos, nos insultamos, dialogamos con violencia, acabamos tirándonos bombas. Nos matamos. ¿Eso es humano, es el futuro?
Freud deja a Einstein en silencio. No volverán a hablar del tema. Queda abierta una esperanza que se frustra cada día: “La esperanza de que estos dos factores -la actitud cultural y el fundado temor a las consecuencias de la guerra futura- pongan fin a los conflictos bélicos en un plazo limitado no sea utópica”.
Sigue la guerra. Nadie se pregunta, sino que todos huimos del pensamiento hacia nuestro propio interés. Nos culpamos, nos insultamos, dialogamos con violencia, acabamos tirándonos bombas. Nos matamos. ¿Eso es humano, es el futuro?
La estadística es escalofriante. Desde 3.600 a.C. hasta mediados de nuestro siglo, el número de guerras documentadas asciende a 15.000, no habiendo disfrutado la humanidad durante este vasto periodo de más allá de 292 años de paz. No paramos de contar y la cifra va en aumento. ¿Hasta cuándo? ¿Habrá un final o es el final?
Pregunto a la inteligencia artificial (IA) y responde en abstracto porque no sabe qué decir. Parece responder: “Eso es cosa de los hombres”.
Para no convertirme en otra IA más, responderé a lo que todos ustedes y yo nos preguntamos. ¿Hasta cuándo la guerra? Arriesgo y respondo.
No hay final. No lo habrá. Desde que tenemos noticias del hombre el enfrentamiento ha evolucionado a matarse más y mejor, desde más lejos. Surgió el arco, después la pólvora que mata a más distancia y con menos visibilidad del horror; ahora los drones lo hacen sin ver a cuántos ni a quiénes haces desaparecer. Ese parece el gran avance de la guerra: matar desde la distancia apretando un botón desde un sótano o túnel; parecido a lo que hacía Apolo con el arco, según nos describe Homero en la Ilíada.
Matar más, más lejos y sin que el resultado de tanta muerte caiga sobre tu conciencia. Al fin no has visto el resultado ni a los muertos.
No es fácil hablar de guerra. Es horrible vivirla. Evitarla es un acto sublime que exige creer en el hombre y eso empieza al nacer.
No tengo más respuesta. Hemos ido más allá de la guerra. Esto ya no es un enfrentamiento en el campo de batalla con normas y comportamientos acordados. Ahora todo es destrucción del hombre y su historia. Solo nos detiene el miedo a algo peor y le llamamos disuasión: una carrera cada vez más cara y peligrosa. Quizá un simple negocio.
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