Marina Sánchez Soto
Xesús Alonso Montero. O candil e a palabra
Entiendan bien y no se asusten. Esto solo va de guerra y sentido del humor ante el futuro de las contiendas humanas que nadie es capaz de adivinar. Se intuye, pero no tenemos datos del arma clave que ya está en marcha y cambiará incluso la disuasión.
Será el pollo o la gallina que son nombres que incitan a la filosofía. Todos nos preguntamos qué fue primero, la gallina o el huevo. En el ámbito filosófico la pregunta se hace trascendente cuando se traslada a la guerra. Heráclito de Éfeso decía que “la guerra es el padre y el señor de todas las cosas. Y a unos hace libres y a los otros siervos”.
Es fácil adivinar quienes son unos y otros, siempre los mismos, pero convendría que no nos lo tomásemos a broma. Suelo decir que el mundo va camino de la paz, para a continuación recordar...”Sancho, lo que hablas, porque tantas veces va el cantarillo a la fuente..., y no te digo más”.
Con las cosas de comer no se juega y es demasiado evidente que lo que pretenden con tanta guerra es que nuestra alimentación sea a base de ideología.
Los que hemos dedicado la vida al oficio de las armas estamos despistados porque las teorías no acaban de encajar en el arte de la guerra y hoy Heráclito se lleva el gato al agua: todo es guerra.
Recuerdo haber leído una anécdota -¿fue en La Codorniz?- de gran actualidad. Por los años setenta comer pollo en España era casi artículo de lujo. Criar un pollo costaba tiempo, paciencia y buen pienso. Tuve la suerte de tener un amigo en Villalba; no les digo más. Decía la revista que los americanos, gracias a su inteligencia y desarrollo, consiguieron engordar los pollos en un tiempo récord lo que produjo una caída de su precio y popularizó su consumo en ese mundo anglosajón. En España, muy atrasada todavía, la cría del pollo seguía siendo lenta y paciente. Pollo los domingos y solo los pudientes. Aquella revista, La Codorniz, la más audaz para el lector más inteligente, terminaba aquella reseña sobre el pollo americano y español con un reto que viene al caso:
“A pesar de ello estamos dispuestos a emprender la guerra a pollazos contra los americanos cuando ellos quieran”.
En la Primera Guerra Mundial se hizo famosa la frase “La comida ganará la guerra” (Food will win the War) que el artista Charles E. Chambres plasmó en un póster.
Con las cosas de comer no se juega y es demasiado evidente que lo que pretenden con tanta guerra es que nuestra alimentación sea a base de ideología.
Nos negamos. Por eso a nosotros que no nos vendan mochilas con ordenadores y que nunca nos falte la ración de previsión con buen pollo de Villalba o, ahora con el Entroido, un buen cocido con lacón, cachucha, chorizo y grelos. De postre unas orejas.
Luego si acaso, hacemos la guerra a pollazos o a cachuchazos.
Incluso con las orejas.
Tomen nota Trump, Xi Jimping y Putin...
Empieza la guerra del pollo en la Corte Penal de los EEUU. En España algún pollo corre descabezado.
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