Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Portero de noche
El pasado viernes se cumplieron cinco años del primer caso de Covid-19 diagnosticado en España. Todo empezó con un turista alemán en La Gomera. Eso es lo que sabemos. No podíamos ni imaginar entonces el temible terremoto que eso iba a suponer. China y lo que nos contaban todavía quedaba muy lejos. Aquí aún nos sentíamos a salvo de una pandemia que cambió el mundo y nos cambió a nosotros.
Han pasado cinco años que en realidad nos parecen cinco siglos. Tan cerca y tan lejos. Nos sacudió tan fuerte el virus que hasta parece que nos arrancó la memoria del sufrimiento y de la muerte que nos rondó durante tantos días.
Nos habitó el miedo, por nosotros y los nuestros. Nos encerró en casas queridas, en espacios ajenos, en lugares compartidos y en habitaciones solitarias. Nos mantuvo quietos, aterrados, suplicando que no nos tocara. Nos arrebató abrazos, besos y despedidas. Pero todo ello, hace ahora cinco años, todavía no lo podíamos ni imaginar. Aún estábamos convencidos de que ese algo llamado covid no iba a ser más que una pequeña sacudida que apenas dejaría secuelas. Pero nos equivocábamos.
A ese primer caso siguieron muchos más, hasta que nos confinaron. Y de pronto nos encontramos sumergidos en un mundo distópico que nunca pensamos vivir. Veíamos las imágenes de los cadáveres acumulados y escuchábamos, sin querer hacerlo, números y estadísticas. Intuíamos, en el mejor de los casos, todas las tragedias que solo se podían llorar de puertas para adentro.
Entonces nos aferramos a las cosas buenas que podíamos encontrar. Quisimos hacer pan, compartir videos, cantar, asomarnos a las ventanas y brindarnos apoyos. Supimos pronto quienes podían salvarnos y los aplaudimos cada día, a las ocho de la tarde, y ellos, agotados y aterrados, nos agradecían el gesto. Pintamos en las ventanas arco iris y juramos que cuando todo acabara seríamos diferentes, mucho mejores. Ibamos a querer más bonito, ser más empáticos, ayudarnos de manera cotidiana y regalar sonrisas. Pero eso fue hace cinco años. Una eternidad.
Ese tiempo de zozobra parece que hemos preferido borrarlo y elegimos una amnesia colectiva. Hemos cerrado las ventanas, borrado los colores y escondido los aplausos. Caminamos de nuevo con prisas acumuladas. Retrasamos para mañana las caricias. Aplazamos los encuentros añorados. Volvemos a enfadarnos por lo que no importa. Dejamos en el olvido a las 7.291 personas muertas en residencias de Madrid, sin recibir atención hospitalaria, y alejamos a sus familias de la justicia que merecen.
Puede que hasta nos hayamos vuelto más despiadados. Solo hace falta ver el mundo que estamos destruyendo. No aprendimos nada. A lo mejor es que no había nada que aprender. Tal vez bastaba con no deshacer los puentes y caminos ya creados. Hace cinco años un virus nos estremeció. Hoy lo hacemos nosotros mismos.
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