Ramón Pastrana
LA PUNTILLA
Muertos
El pasado viernes se cumplieron cinco años del primer caso de Covid-19 diagnosticado en España. Todo empezó con un turista alemán en La Gomera. Eso es lo que sabemos. No podíamos ni imaginar entonces el temible terremoto que eso iba a suponer. China y lo que nos contaban todavía quedaba muy lejos. Aquí aún nos sentíamos a salvo de una pandemia que cambió el mundo y nos cambió a nosotros.
Han pasado cinco años que en realidad nos parecen cinco siglos. Tan cerca y tan lejos. Nos sacudió tan fuerte el virus que hasta parece que nos arrancó la memoria del sufrimiento y de la muerte que nos rondó durante tantos días.
Nos habitó el miedo, por nosotros y los nuestros. Nos encerró en casas queridas, en espacios ajenos, en lugares compartidos y en habitaciones solitarias. Nos mantuvo quietos, aterrados, suplicando que no nos tocara. Nos arrebató abrazos, besos y despedidas. Pero todo ello, hace ahora cinco años, todavía no lo podíamos ni imaginar. Aún estábamos convencidos de que ese algo llamado covid no iba a ser más que una pequeña sacudida que apenas dejaría secuelas. Pero nos equivocábamos.
A ese primer caso siguieron muchos más, hasta que nos confinaron. Y de pronto nos encontramos sumergidos en un mundo distópico que nunca pensamos vivir. Veíamos las imágenes de los cadáveres acumulados y escuchábamos, sin querer hacerlo, números y estadísticas. Intuíamos, en el mejor de los casos, todas las tragedias que solo se podían llorar de puertas para adentro.
Entonces nos aferramos a las cosas buenas que podíamos encontrar. Quisimos hacer pan, compartir videos, cantar, asomarnos a las ventanas y brindarnos apoyos. Supimos pronto quienes podían salvarnos y los aplaudimos cada día, a las ocho de la tarde, y ellos, agotados y aterrados, nos agradecían el gesto. Pintamos en las ventanas arco iris y juramos que cuando todo acabara seríamos diferentes, mucho mejores. Ibamos a querer más bonito, ser más empáticos, ayudarnos de manera cotidiana y regalar sonrisas. Pero eso fue hace cinco años. Una eternidad.
Ese tiempo de zozobra parece que hemos preferido borrarlo y elegimos una amnesia colectiva. Hemos cerrado las ventanas, borrado los colores y escondido los aplausos. Caminamos de nuevo con prisas acumuladas. Retrasamos para mañana las caricias. Aplazamos los encuentros añorados. Volvemos a enfadarnos por lo que no importa. Dejamos en el olvido a las 7.291 personas muertas en residencias de Madrid, sin recibir atención hospitalaria, y alejamos a sus familias de la justicia que merecen.
Puede que hasta nos hayamos vuelto más despiadados. Solo hace falta ver el mundo que estamos destruyendo. No aprendimos nada. A lo mejor es que no había nada que aprender. Tal vez bastaba con no deshacer los puentes y caminos ya creados. Hace cinco años un virus nos estremeció. Hoy lo hacemos nosotros mismos.
Contenido patrocinado
También te puede interesar
Lo último
Jugando al Eurotrack Simulator
El streamer Pau Fuentes alucina con el Puente del Milenio en su recorrido por Ourense: "¡Vaya puentecito!"