Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Portero de noche
HISTORIAS DE UN SENTIMENTAL
Ahí sigue, aguantando el paso de los siglos, perenne y firme en el recuerdo de cientos de ouresanos que hicieron guardia en ella, la “garita de la principal” que resguardaba la entrada al cuartel. Al reformar y rehabilitar lo tuvieron el buen gusto de conservarla, como un recuerdo, como un símbolo. Esto de las garitas ha dado lugar a una frase conocida que solemos usar los varones (y que hoy sonaría a machista o cosas peores) al referir episodios de nuestra propia vida: “En peores garitas he hecho yo guardia”. En este caso de la principal, cuando alguien llegaba al cuartel, subiendo por las escaleras de acceso, el centinela daba el alto y llamaba al cabo de guardia para atender al visitante. Incluso en otro tiempo, requería santo y seña del día al que quería entrar en el cuartel. Recuerdo que aquel 14 de agosto de 1969, cuando salía licenciado, el centinela me hizo el último saludo.
Hay una preciosa e impresionante historia que se cuenta sobre el centinela que debe permanecer en su puesto hasta ser relevado. Cuando en el año 79 sobrevino la erupción del Vesubio y la lava inundó toda la región, un soldado romano quedó firme en su puesto. Su deber lo clavaba allí y la lava lo cubrió. Las excavaciones modernas hallaron en la postura de firme a este soldado. El museo de Nápoles guarda, como valioso tesoro, el yelmo, la lanza y la coraza de este soldado que se dejó sepultar por la lava ardiente antes que manchar el honor del legionario romano. Su historia se ha contado como ejemplo de lo que debe ser un centinela en todos los ejércitos del mundo.
Dormirse en una garita o no hacer el servicio del modo adecuado era en aquel tiempo una de las más graves conductas sancionables en un centinela, que automáticamente suponía, de entrada, un mes de calabozo.
Alguna vez me he referido aquí a otras historias de los puestos de guardia que rodeaban el cuartel de San Francisco. Una de estas posiciones daba directamente sobre el cementerio y era un lugar especialmente tranquilo. La visión del camposanto por la noche, fuera en invierno en verano, siempre impresionaba. Lo cierto es que no a todos los soldados les daba igual hacer guardia allí. Y más de una vez estando yo de servicio al recorrer los puestos o hacer los relevos me he quedado un rato junto al soldado al que le tocaba este puesto. Dice la leyenda del cuartel que alguna de las figuras de las sepulturas tiene señales de haber recibido algún impacto, cuando algún soldado timorato se sintió impresionado por el viento y el movimiento de las ramas de la arboleda y pensó otra cosa, por si acaso.
Dormirse en una garita o no hacer el servicio del modo adecuado era en aquel tiempo una de las más graves conductas sancionables en un centinela, que automáticamente suponía, de entrada, un mes de calabozo. Sin más. Y en ocasiones pasaba. Esas y otras historias forman parte del acervo curioso de San Francisco. Otra historia curiosa es la de la “piscina arrestada”. Leyenda urbana que corría entre la tropa pese a ser una mentira gorda, ya que eso nunca existió, sino que no llegó a usarse debido a la deficiencia de la obra y la rotura de una parte de su estructura. Lo cierto es que sí hubo otras historias curiosas. Durante año, en el Campo de Aragón se mantuvo una posición de centinela que no tenía el menor sentido. El origen fuera un puesto de resguardo de un almacén que se montara durante la guerra civil. Desaparecido el almacén no se acordaron de suprimir el puesto, y en la rutina diaria de la guardia siguió un tiempo hasta que se dieron cuenta.
Esta famosa garita de la principal es hoy en día un recurso turístico. Muchas de las personas visitan hoy el viejo cuartel gustan de hacerse fotos, aparte del claustro histórico delante de esta garita, que soporta impasible que la fotografíen desde todos los ángulos y posiciones. Pero para cientos, quizá miles de ourensanos, sigue siendo un espacio anclado en los recuerdos de su juventud.
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