Jaime Fernández Garrido
DESCUBRINDO A BIBLIA EN OURENSE
Libres coa verdade
El espectáculo es desolador. Gobernados por corruptos. No son palabras fuertes, sino una realidad que nadie esperaba. No es algo coyuntural, se ha hecho estructural. El poder lo puede todo, incluso robarle a usted la libertad y la paz. El dinero, que también, nunca se lo devolverán.
A la España de prohibiciones hay que añadir la de trincones. Mientras hablan de progresismo y sostenibilidad prohíben todo para mayor gloria del amo de la viña. Menos “que te vote Txapote”. Incluso a los que nos gusta mucho la fruta debemos evitar decirlo por su alto contenido en azúcares.
Claro que existe el buen ladrón y deberíamos hacernos más comprensivos y acortar caminos para entendernos. “París bien vale una misa”, ¿lo recuerdan?
Lo de las joyas es lo más gráfico del trinque. Una horterada propia del género astracán, tan nuestro, cuyo protagonista en este caso pasará a llamarse cariñosamente Rodríguez el Collares.
Al que se lleva una joya por la cara le pondría a hacer joyos a pico y pala. Trincheras para trincones.
Al salir de la Academia Militar, y antes de hacer ningún curso, estuve destinado en un centro de instrucción de reclutas. Llegaban los soldados cada tres meses procedentes de todas las tierras de España. ¡Qué buenos soldados! Cuando empezábamos a filiarles ya les notabas en la cara y en los gestos quién iba para cabo. En cierta ocasión, al preguntarle a un grandullón, fuerte como un toro, su profesión, contestó alto y claro:
-Joyero mi teniente.
-¡Caramba! ¡Qué bonito oficio! ¿Y qué tipo de joyas haces?
-No mi teniente, no hago joyas, yo soy joyero de hacer joyos.
No, no me tomaba el pelo. Era así, joyos era lo que él hacía, un buen oficio para zapadores; sin título reconocido fue aquel muchacho uno de los mejores cabos que tuve en la compañía. El joyero hacía joyos que ahora habría que hacer en algunos jardines para ver cómo son los huesos que entierra el perro. El juez dirá si son de pollo o de buey.
En la mili se aprendía mucho. El saber popular da un gran conocimiento de la vida. Tuve un soldado de Monforte de Lemos que siempre estaba pidiendo permisos para irse a su pueblo. Debía de tener un buen patrimonio en tierras y andaba metido en juicios con su vecino por problemas de lindes. Un día regresó muy contento diciéndome que ya lo había arreglado todo y que no volvería a pedir más permisos. Después de contarme la historia del pleito le nombré cabo.
Mi querido soldadito, durante el desarrollo de la causa, consultó con su abogado la posibilidad de enviarle un jamón y buen vino al señor juez para conseguir una resolución satisfactoria. El abogado le dijo que ni se le ocurriese, ya que el magistrado era muy recto y que iba a ser contraproducente. El juicio se enredó y todos lo daban por perdido, incluso el abogado se retiró del caso.
Pasado el tiempo se encontraron soldado y abogado, que le preguntó por el resultado del juicio. Su sorpresa fue grande al enterase que lo había ganado.
– Pero hombre, ¿cómo conseguiste ganarlo?
– Pues muy fácil, hice caso de su consejo y le envié el jamón y el vino al juez, pero en nombre de la parte contraria.
Hay buenos ladrones. Muy buenos. Como jueces.
Así que al césar lo que es del césar... y que sea lo que diga el juez. No es necesario que le manden un jamón.
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