Carlos Risco
COSAS QUE NO CONVIENEN
Enquistarse en las pequeñas penas
LA OPINIÓN
En 1948 Bateman llevó a cabo un experimento con moscas de la fruta para concluir que los machos son más promiscuos y las hembras más exigentes en la reproducción. Esa visión ha dominado nuestro imaginario: las colas de los pavos reales, las melenas de los leones, las cornamentas de los ciervos... y los Maseratis de los hombres. Hace apenas una década se repitió el estudio con tecnología renovada, hallando errores significativos y demostrando que: “ni la promiscuidad ni la competición son terreno exclusivo del éxito reproductivo masculino”. Por lo que los Maseratis, tampoco.
Jutta Kleinschmidt (Colonia, 1962) adoptó la forma de una de esas mosquitas muertas de Bateman para invertir todas las teorías que señalan al hombre como único animal competitivo. Y escogió para hacerlo un desierto inapelable con tufo a queroseno: el rally más duro del mundo en su versión más agreste, cuando comenzaba en París y terminaba en Dakar.
Como Atenea en la mitología, Hiparquía en la filosofía o Curie en la ciencia, Jutta nació con la misión de quebrar los roles de género. Se compró una moto, estudió Ingeniería y se especializó en Física lo que le abrió las puertas del I+D de BMW, cuando las rubias con llaves solo se veían en los calendarios de carretera. Ahorró durante seis años y viajó a su primer Dakar. El embrujo fue instantáneo y en tierra de orishas, también quiso ser diosa. Debutó en el 88 sobre dos ruedas. Sin equipo. Corría por la mañana y reparaba por la noche. Aguantó como los estoicos hasta que la organización perdió su material y tuvo que abandonar. En los 90 se asentó en la categoría y conoció a un amor sibilino: Jean- Louis Shclesser.
Hoy se cumplen 25 años de que Kleinschmidt sublimase la ‘Teoría King Kong’ de Despentes, para recordarle al mundo que las mujeres pueden ser tan promiscuas, competitivas, arriesgadas y veloces como los hombres.
El francés la animó a subirse a un coche y se estrenó como piloto de Mitsubishi. Su novio amplió la propuesta y le ofreció una manzana envenenada: pilotar uno de sus buggys. Jutta era la primera mujer en ganar etapas, Schlesser se inquietó con su Galatea y todo saltó por los aires. Cual tirano enfurecido, obligó a detenerse al coche de Jutta, cuando era más rápida que él. La alemana olió la toxicidad a kilómetros, se bajó del coche de su novio y volvió a Mitsubishi, para volar libre.
Con el Pajero Evo rubricó la leyenda. Fue la primera mujer en liderar la prueba y en subirse al podio y, en 2001, como Pandora, abrió la caja de los truenos. El Dakar se presentaba como una berrea entre Schlesser-Serviá y Masuoka-Fontenay, mientras Kleinschmidt y Schulz serían convidados de piedra. Así sucedió, hasta que en la última etapa un vendaval de testosterona provocó la tormenta perfecta.
En una maniobra digna de Pierre Nodoyuna, Schelesser se colocó justo delante de Masuoka en la salida para que comiese polvo. El nipón mordió el anzuelo y arrancó a la desesperada destrozando su suspensión. En un arrebato de locura, Fontenay salió del coche averiado para intentar detener a Schlesser, mientras Masuoka la emprendía a golpes. El Dakar era del francés, pero la artimaña le costó una hora de sanción y Jutta, a la chita callando, entró en el Lago Rosa de Cabo Verde como la primera campeona en la historia del Dakar, aplastando, de paso, al novio que la había intentado amordazar. Hoy se cumplen 25 años de que Kleinschmidt sublimase la ‘Teoría King Kong’ de Despentes, para recordarle al mundo que las mujeres pueden ser tan promiscuas, competitivas, arriesgadas y veloces como los hombres.
Si les apetece.
@jesusprietodeportes
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