Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Portero de noche
Hace un tiempo, una de mis hijas me hizo una pregunta tan sencilla como profunda:
“¿Por qué fue necesaria una ley de violencia de género?”
No era una pregunta política ni ideológica. No venía cargada de consignas ni de prejuicios. Era una duda honesta, que merecía una reflexión y una respuesta sosegada, sin gritos, sin trincheras y sin simplificaciones interesadas.
Durante décadas, la violencia que muchas mujeres sufrían dentro de sus propias casas fue tratada como un asunto privado. “Cosas de pareja”, “discusiones normales”, “problemas de celos”. Se minimizaba, se justificaba o directamente se ignoraba. Pero la realidad era mucho más dura: mujeres que vivían con miedo, controladas, aisladas, vigiladas; mujeres atrapadas en relaciones con hombres celópatas, obsesivos, convencidos de que amar es poseer; mujeres que denunciaban y no eran protegidas; mujeres que, en demasiados casos, acababan asesinadas.
No hablamos de hechos aislados ni de mala suerte. Hablamos de un patrón que se repetía una y otra vez y que tenía protagonistas claros. Porque la violencia de género no surge de la nada: surge de una cultura machista que durante generaciones normalizó el control, la dominación y la idea de que el hombre tiene derecho a decidir sobre la vida de la mujer. El machista no siempre grita ni pega desde el primer día. A veces empieza revisando el móvil, decidiendo con quién puedes hablar, controlando cómo vistes o cuestionando cada paso que das. Y el celópata, lejos de ser un romántico apasionado, es muchas veces un controlador que confunde los celos con amor y la vigilancia con cuidado.
Esta ley existe porque como sociedad llegamos tarde demasiadas veces, porque no supimos escuchar ni proteger cuando aún había tiempo
La ley de violencia de género nació porque las normas generales no estaban funcionando. Tratar igual situaciones que no son iguales no siempre es justo. Las mujeres sufrían una violencia específica, ligada a relaciones de poder desiguales, al miedo y a una dependencia emocional y económica que el sistema no sabía -o no quería- ver. No se trataba de criminalizar a todos los hombres, como algunos repiten interesadamente, sino de proteger a quienes estaban en una situación de riesgo evidente y repetido. Cuando mi hija pregunta por qué existe esta ley, le explico que es como reforzar una pared que siempre se cae. Si un mismo tipo de daño se produce una y otra vez en el mismo sitio, el Estado no puede mirar hacia otro lado. Tiene la obligación de intervenir de manera específica. Gracias a esta ley existen hoy órdenes de protección rápidas, recursos de emergencia, apoyo psicológico, acompañamiento legal y mecanismos de prevención que antes no existían. Y eso, nos guste o no, salva vidas.
También le explico algo que muchos adultos parecen haber olvidado: igualdad no significa identidad. La igualdad no consiste en fingir que todos partimos del mismo lugar, sino en garantizar que todas las personas tengan las mismas oportunidades de vivir sin miedo. Esta ley no quita derechos a nadie; añade protección donde antes había abandono. No castiga al hombre por ser hombre; actúa contra comportamientos violentos que tienen un claro componente de género y que históricamente han quedado impunes o invisibilizados.
Mantener esta ley no es aferrarse al pasado ni rendirse a una ideología. Es reconocer que el problema no ha desaparecido. Siguen existiendo machistas que consideran a la mujer inferior o dependiente. Siguen existiendo celópatas que creen tener derecho a controlar cada aspecto de la vida de su pareja. Y mientras eso siga ocurriendo, desmontar las herramientas de protección no sería un avance, sino un retroceso peligroso.
Por supuesto, las leyes pueden y deben revisarse, mejorarse y adaptarse. Ninguna norma es perfecta. Pero negar la realidad que las hizo necesarias es una forma de irresponsabilidad social. Responder a mi hija me obliga a ser honesto: esta ley existe porque como sociedad llegamos tarde demasiadas veces, porque no supimos escuchar ni proteger cuando aún había tiempo.
Existe para que las niñas crezcan sabiendo que el respeto y la igualdad no son solo palabras bonitas, sino compromisos que también se defienden con leyes.
Y ojalá llegue el día en que no haga falta explicarla. Pero mientras haya personas que vivan con miedo en su propia casa, seguirá siendo necesaria.
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