Las lindes de la democracia

Publicado: 27 mar 2026 - 03:10
Las lindes de la democracia.
Las lindes de la democracia.

Se ha instalado interesadamente en la sociedad la idea falsa, pero aceptada como dogma, de que la democracia debe permitir la participación de cualquier actor político, por muy abiertamente hostil que sea al propio sistema. Como si la ausencia absoluta de límites fuese un distintivo moral exigible a este sistema pero no a los demás. Esa tesis es ingenua y suicida. No está escrito en el firmamento que la democracia deba abrir sus puertas a quienes buscan cerrarlas desde dentro. Ningún otro sistema se comporta así. Los liberales y casi todos los demócratas de verdad no defendemos una democracia ilimitada sino la que los politólogos llaman “democracia liberal”. Y el adjetivo importa. No es simplemente el gobierno de la mayoría sino un sistema de poder limitado por derechos individuales anteriores y superiores a cualquier mayoría. Es un marco amplio. De hecho es el más pluralista de la Historia. Pero no es ilimitado: está delimitado por lindes, como cualquier otro. Y son lindes amplias, sí, pero muy necesarias. Quedan fuera de esas lindes cuantos buscan hacerse con el poder político precisamente para excluir a los demócratas, quienes aspiran a suprimir derechos fundamentales en nombre de la nación, la raza, la clase o la religión; quienes manifiestamente buscan ser elegidos para dar un autogolpe o implantar un orden autoritario; quienes pretenden deshacer la igualdad jurídica y reemplazarla por jerarquías étnicas, confesionales o ideológicas; quienes buscan imponer a todo el mundo el ideario o la fe de una parte de la población, o su tradición etnocultural o su cosmovisión moral o filosófica. La democracia liberal no es neutral ante sus enemigos declarados.

La experiencia histórica nutre esta tesis. La República de Weimar permitió al nacionalsocialismo participar y éste utilizó las reglas del sistema para destruirlo. La lección fue tan devastadora que la Alemania de posguerra optó por una “democracia militante” en su Ley Fundamental. El artículo 21 permite ilegalizar partidos que atenten contra el orden democrático libre. Así, Alemania prohibió con acierto el Partido Socialista del Reich en 1952 y el Partido Comunista Alemán en 1956. En años recientes, Alemania ha actuado contra nuevos cánceres como el NPD y, en 2024, su partido sucesor Die Heimat. No se han atrevido sin embargo con AfD y el resultado es haber permitido que crezca como en su día creció el NSDAP. Otros países han seguido lógicas similares a la alemana. España ilegalizó Batasuna en 2003, decisión avalada por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. En Corea del Sur, el Tribunal Constitucional disolvió en 2014 un partido por conspirar contra el orden democrático. En varios países bálticos se han prohibido partidos totalitarios de ambos extremos. No se excluyen las ideas radicales por serlo, y de hecho pueden manifestarse, montar asociaciones y publicar lo que quieran. Lo que se excluye es la participación político-electoral de quienes abierta o manifiestamente socavan el sistema liberal-democrático. Es imprescindible para su supervivencia, guste o no a los puristas.

Algunos objetan que pueden darse abusos. Sí, alguien podría pasarse de frenada. Hay que tener cuidado y ser garantistas, pero no caer en la ingenuidad. Las exclusiones deben estar predefinidas por ley, sometidas a control judicial estricto y aplicarse como medida excepcional, no como instrumento cotidiano. La exclusión debe apoyarse en pruebas claras de de socavamiento del orden liberal-democrático. El temor racional al posible abuso no justifica la parálisis. Karl Popper formuló la paradoja de la tolerancia: si una sociedad tolera ilimitadamente a los intolerantes, éstos acabarán destruyendo la tolerancia misma. Si los demócratas son un club de ingenuos y buenistas, los totalitarios se harán con el poder otra vez. Y ya está ocurriendo. Extrema derecha y extrema izquierda comparten, pese a su antagonismo superficial, un enorme desprecio por el individuo soberano. El nacionalismo étnico y el colectivismo revolucionario convergen en la negación de derechos individuales, al chocar con su proyecto totalizador. Ambos imaginan una comunidad homogénea purificada de disidencia. Ambos consideran que la pluralidad es debilidad. Ambos justifican habilitar un poder totalizador que “salve” a la sociedad de sí misma.

Aceptar como participante a cualquiera, sin filtros, en nombre de un pluralismo mal entendido es muy irresponsable. La democracia necesita adversarios enfrentados en su seno, no enemigos externos infiltrados para abolirla como caballos de Troya. La exclusión de esos enemigos no debilita la democracia: la defiende y la fortalece. No reduce el pluralismo: lo preserva frente a quienes, a la postre, lo eliminarían. La libertad política exige garantizar que nadie pueda destruir el marco común donde rige. Las lindes de una democracia liberal fuerte y sana son como diques de vital importancia para impedir que la marea anegue el terreno donde todavía es posible disentir sin miedo, donde aún es factible la alternancia. Hoy urge construir o fortalecer esos diques.

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