El liquidámbar de Salesianos

LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ

Publicado: 19 nov 2025 - 09:44 Actualizado: 19 nov 2025 - 09:47
Opinión en La Región
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La ciudad es naturaleza. Naturaleza parcelada y defendida de todo lo que temen los hombres. Salvo gatos, perros y pájaros capaces de esconderse de patadas y piedras, en la ciudad están proscritos todo tipo de animales, ya sean alimañas o fieras. También son marginados los árboles y todo organismo vegetal. Porque las ciudades y los vivideros humanos comienzan con la domesticación de lo salvaje y el apartamiento de cualquier cosa viva que no esté para su uso y disfrute. Por eso, con la artificialidad ambiental, la plastificación y el ultraprocesamiento de cualquier plano de la realidad, se anula cualquier tipo de conmoción por esta cosa de la existencia. Esta cosa, que la ciudad es un lugar aséptico donde el humano ha aniquilado todo lo demás, se va comprendiendo con los años, cuando nos damos cuenta de nuestra soledad cósmica en la naturaleza, como seres abusantes y dominadores incapaces de convivir con nadie. Como especie, somos el vecino déspota, que modela todo según sus deseos y hace papilla al otro, expulsando de este jardín donde empezó la civilización a todo lo que no le interesa, que es casi todo lo no humano.

La ciudad es un lugar aséptico donde el humano ha aniquilado todo lo demás

Desde chavales nos vamos dando cuenta de este exterminio para nada sutil. En Auria, una ciudad sin árboles, es complejo sentir conmoción con alguna de estas maravillosas formas de vida superior, porque no se le ha dado espacio. De lo poco que teníamos a mano, pude encontrar cierta intimidad con un gran árbol que había junto a las escaleras de la Iglesia de los Salesianos. Lo saludaba cada domingo al ir a misa con mamá. Era un árbol imponente, no recuerdo si un plátano de sombra o un olmo, quizá ninguno de los dos. Lo que apenas sabía es que el árbol me llamaba al ojo, como hace siempre lo salvaje, que llama y se muestra siempre por iniciativa propia, vidas que son la misma que la nuestra, parte de ese ciclo milagroso de encarnación y reencarnación en este planeta incomprensible pero siempre latiente, que guarda bajo su piel un gran corazón caliente de roca y metal fundido.

Aquel árbol desapareció un día. Quizá enfermó después de alguna de las podas obsesivas y mal hechas por donde terminan penetrando virus y bacterias. O tal vez lo tiró una tormenta. Quién sabe. El asunto es que dejamos de verlo. En su lugar quedó un gran espacio vacío que cambió la perspectiva de la plaza desde el antiguo quiosco. La vida se quedó expuesta sin el abrigo de su copa. Sentí ese desvalimiento de perder una gran presencia. El mundo huérfano y peor de cuando desaparece una vida importante. Durante mucho tiempo, quedó el tocón junto a las escaleras, hasta que alguien tuvo a bien plantar allí un liquidámbar. Este árbol nuevo ha crecido con los años hasta ocupar su mismo espacio. Es glorioso que en el transcurso de una vida nos sea concedido este regalo de conocer a dos grandes árboles en el lugar del otro, de asistir a la reencarnación vegetal. Y más en este no-lugar dirigido por taladores urbanizantes, corazones de hormigón. Da gloria pasar por aquí y ver ese liquidámbar que sobresale frente a la iglesia como una antorcha. Es un árbol glorioso, que se oxida bellamente en otoño, encendiéndose y encendiendo miradas y pechos. Esta esquina, con la iglesia de ladrillo visto y su torre con pináculo de chapa, tiene con este liquidámbar el aspecto de un pequeño jardín, algo realmente extraordinario en esta ciudad de asfalto empeñada en ser desierto. La vida puede rebrotar desde los tocones y regresar un bosque amable para habitar junto a los hombres. Necesitamos conmoción para los ciudadanos futuros. Que sean gente tierna y hagan de esta catástrofe un jardín.

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