Alfredo Conde
A TRIRITA
San Castelao, san Beiras e os santos civís
CAMPO DO DESAFÍO
Apenas conozco ya a algunos de los próximos candidatos a pisar las mullidas alfombras del Congreso o del Senado. Un desconocimiento consecuencia del cambio generacional y de algo más inquietante: el borroso perfil de los aspirantes. No es un fenómeno nuevo, que haya surgido ahora o en las anteriores elecciones. En realidad, viene de lejos, de cuando la política pasó de ser una urgencia nacional por el esperado cambio de régimen, de la dictadura a la democracia, a una rutina salteada con todos los defectos y miserias que le afloran a la humanidad cuando alcanza posiciones, por mínimas que estas sean, de poder.
Existe un consenso amplio en pensar que los políticos de algunas décadas atrás disponían de un bagaje intelectual, profesional y hasta moral a la altura de los retos que el país de entonces encaraba. El presente nos ha traído otros problemas, quizá percibidos como de menor envergadura por el protector paraguas de la Unión Europea, el BCE y hasta de la OTAN, y en correspondencia, la talla de nuestros representantes parece haberse encogido, quizá también por acomodamiento y aburguesamiento de nacer en casa podente.
Quizá por eso los jóvenes, o bastantes de entre ellos, han rehabilitado la figura del dictador, el caudillo, el césar o el conducator.
No todo es culpa de las señoras y señores diputados, tomados uno a uno en su insondable anonimato. Los partidos y en particular las cúpulas dirigentes de los mismos tienen mucha culpa. Los prefieren sumisos. No hace tanto, un puñado de bizarros parlamentarios ourensanos del PP podía encerrarse en un piso para regatearle unos votos a Manuel Fraga, por no hablar de la guerrilla feudal del PSdeG, donde cada electo campaba a sus anchas como montaraz barón de su inviolable territorio. A liderazgos más licuados y descafeinados del presente, corresponden estrictos criterios pretorianos de selección de personal.
En consecuencia, los grupos parlamentarios han dejado de ser aquellos equipos de variadas personalidades: el orador, el tecnócrata, el profesoral, el pactista, el provocador o el torpe aunque voluntarioso. Ahora, en la masa indiferenciada de elegidos, quien desea destacar en los hemiciclos necesita cargar una fotocopiadora o un envase de gas pimienta. Son malos tiempos para quienes orientan su dedicación a la política y para la sociedad que deposita en ellos un rescoldo de esperanza. Quizá por eso los jóvenes, o bastantes de entre ellos, han rehabilitado la figura del dictador, el caudillo, el césar o el conducator. Las nuevas generaciones han advertido la superchería de disponer de 350 diputados, otra porción equivalente de senadores y sus réplicas hasta el nivel local. ¡Y todo ello en tiempos de la IA!
En todo caso, felicitamos con toda sinceridad al vecino incluido en alguna lista. Lo intuimos inútil para el servicio público, pero proyectamos en él aquella aspiración redonda del vivir sin trabajar a cambio de una retribución nada desdeñable.
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