Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Portero de noche
Era otra novedad sospechosa; una más…Pero, también entraba triunfante con la llegada del nuevo siglo. El automóvil en las postrimerías del XIX, incluso, en países recelosos de las innovaciones, como el nuestro, causó expectación. Era evidente, pues, que tendría un porvenir envidiable. Generaba libertad individual. Cada cual podría desplazarse por ocio o por negocio a donde se le antojase, sin padecer el estrés insufrible que ocasionaban los medios de locomoción colectivos. Ciertamente, no hubo rincón en el país en donde no hubiese algún amante de lo nuevo; alguien que invirtiese, sin temor a perder dinero, ni al mal estado de las carreteras, ni, por supuesto, a hacer frente a los prejuicios del misoneísmo.
El colosal invento llega a Galicia, y, naturalmente, también a Ourense. En 1898, un médico de A Coruña -Ángel Durán-, y un banquero, establecido en Lugo -Ramón Nicolás Soler-, estrenan su automóvil con motor de combustión interna. El primero presume de visitar a sus pacientes, sobre aquel vehículo que se mueve, sin caballos, sobre ruedas; el segundo, con un coche de la casa Daimler, viaja, con regularidad, a su tierra natal, Ferrol. Al poco tiempo, en la primavera del siguiente año, en la Aduana de Vigo se despachaba otro automóvil del Modelo Victoria -por un coste de 6000 francos- traído desde Burdeos en el vapor Pierre Paúl, que le era, entregado, con premura, a Montero Ríos. Y, unos meses más tarde, Aquiles París recibía un modelo similar, aquí, en la capital.
El abogado y, además, comerciante almacenista ourensano, fue el primero, en la provincia, en conducir un vehículo de motor de explosión, a sabiendas, incluso, de que los recelosos de la innovación todavía lo considerasen una máquina peligrosa. Lo cierto es que por motivos de trabajo realizaba frecuentes viajes a Barcelona, localidad de la que provenía, originariamente, Ramón París y Prats, un comerciante catalán que había aprovechado, al igual que otros foráneos, en el último tercio del siglo XIX, las posibilidades que ofrecía la ciudad de las Burgas, para hacerse un hueco en el ramo del tejido. El negocio se consolida al final de la centuria con la saga familiar de los París Fernández -Aquiles, Manuel y Silvio-. Era habitual que Aquiles se desplazase a la ciudad Condal para gestionar la compra del género que luego vendía como mayorista.
En las grandes ciudades comenzaba a ser costumbre entre la burguesía de negocios desplazarse de manera autónoma en los primeros vehículos que salían al mercado. Ávida de beneficios valoraba el tiempo. Y, por simples artefactos que fuesen, a los hombres de negocios les permitía moverse sin tener que aguantar, ni la incomodidad de los carruajes, ni los vejámenes que, a menudo, se sucedían en otros medios de locomoción; a la vez que, era un símbolo de poder. El coste lo alejaba, a todas luces, de la masa obrera.
Fue poco antes de iniciarse el verano de 1899, cuando el diario El Miño, anunciaba que en el tren Correo llegaba el automóvil que Aquiles París había encargado en la ciudad Condal. Y, El Correo Gallego, unos días más tarde, recogía la noticia, afirmando que aquel coche provenía de Francia. En efecto, al fin, se había rendido a lo ineluctable. Hacía un año que, en Barcelona, Emilio de la Cuadra, en el Paseo de Sant Joan, había abierto el primer concesionario de la ciudad. En él se ponían a la venta coches fabricados, en especial, en Francia. El empresario ourensano, en uno de sus viajes, gestionó la compra del Victoria Benz, un vehículo que estaba propulsado por el motor de combustión interna. Usaba como combustible la bencina -un líquido claro e inflamable obtenido de una mezcla de hidrocarburos derivados del petróleo -, que podía adquirirla en algunas farmacias - “primeras gasolineras de la época”-. El modelo incorporaba ya las cuatro ruedas -aporte de Carl Benz y su mujer Bertha Ringer-, consumía 20 litros cada 100 Km, y a pesar de carecer de volante, disponía de un ingenioso mecanismo que permitía el fácil manejo de aquel aparato que podía llegar a desarrollar una velocidad de 35 km por hora. Las excelentes condiciones del vehículo le permitían desplazarse, bien por motivos de negocio, o bien de ocio, de manera habitual, sobre todo, a las villas -Allariz, Xinzo o Verín- situadas a lo largo de la carretera Villacastín-Vigo. Insólitamente, el mismo modelo que había comprado el ourensano, todavía, hoy, es el coche más antiguo que tiene licencia para circular por Alemania.
Con todo, así como la aparición del automóvil, en las cuatro provincias gallegas, tuvo lugar en un período muy próximo en el tiempo, sin embargo, desde que se inicia en 1900, en el país, el control administrativo de los vehículos de motor, sorprende que - según la tabla de Estadística de la Dirección General de Tráfico- no se matriculase ningún vehículo en la provincia ourensana hasta 1906. En Pontevedra, en 1904, ya se contabilizaban 10 vehículos. Incluso, el propietario, del primero de ellos, Miguel Gay -un abogado acaudalado-, ya había acuñado, un segundo coche, sistema Boyer de 12 caballos. Por el contrario, en Ourense, hay que esperar a 1906 para que aparezca, el OR1 de Temes -en el que la infanta recorre la ciudad- y el OR2, del hermano de Aquiles, Manuel París Fernández. Bien es verdad que, tanto uno como otro, todavía tuvieron que hacer frente a los misoneístas; y, principalmente, a los aldeanos que aún pensaban que el automóvil era un ingenio del demonio.
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