Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Portero de noche
A mediados del pasado siglo, el economista austriaco Joseph Schumpeter incorporó el concepto de “destrucción creadora” a la teoría del cambio tecnológico al objeto de explicar como las innovaciones desmantelan las viejas estructuras económicas y posibilitan la sustitución de las mismas por otras nuevas. Tengo que reconocer que, con independencia del rigor y relevancia doctrinal de las aportaciones académicas del profesor Schumpeter, el término referido cada vez me sugiere menos. Son cosas de la edad, sin duda. Detrás de la destrucción como pauta cotidiana de comportamiento, poca creación se percibe. Es más, se corre el riesgo de adentrarse en círculos viciosos que, en vez de propiciar una regeneración sistémica, nos lleven de cabeza a la perdición. De ahí que resulte difícil asumir que el resultado de un proceso traumático sea inexorablemente una situación mejor que la inicial y que después de la tormenta siempre sobrevenga una placentera calma reparadora. Resumiendo, la vida me ha puesto en la tesitura de aceptar con mayor agrado las innovaciones incrementales que las radicales.
Asistimos a un proceso de desarrollo territorial desequilibrado, que alentó el abandono y la degradación del mundo agrario
No obstante, que nadie se alarme, por favor. La reflexión anterior, lejos de invitar a la dejadez o al conformismo, pretende provocar el efecto contrario en todos Uds, con el debido tiempo de maduración. Porque, si algo podemos tener claro a estas alturas del mes de agosto en curso, es que la pandemia de incendios forestales que nos azota cual plaga bíblica no es un hecho circunstancial y fortuito que afecte a todo el territorio por igual. La desgracia se ceba indiscriminadamente con las áreas rurales (sí, no lo dudemos), como colofón lógico de un proceso persistente de abandono y despoblación, inducido y alentado por el desarrollo en décadas pasadas de las áreas urbanas. Eran la industria y los servicios que se imponían a las actividades agrarias, la concentración que prevalecía sobre la dispersión, el progreso venidero que derrotaba al atraso secular. En definitiva, asistimos sin inmutarnos a la consumación de la destrucción creadora enunciada por Schumpeter, y que acompañaba al cambio en el modelo productivo y poblacional, bajo la promesa de encaminarnos hacia la tierra prometida de la prosperidad. Xinzo da Costa, Santirso, Calveliño do Monte, Castro de Escuadro, Chandrexa de Queixa, Monterrei, Oimbra, Cualedro, A Mezquita o Carballeda de Avia son algunas de las muchas localidades ourensanas que muy a su pesar han ocupado el centro de atención de los medios de comunicación durante este aciago mes y ejemplifican la triste realidad que se nos vino encima. Incendios y desolación por doquier.
Porque algo consustancial a cualquier proceso indiscriminado de destrucción, por muy creativo que pretenda resultar, desbarató la ecuación schumpeteriana del progreso: los “malditos” y no siempre previsibles efectos colaterales. La redefinición del modelo productivo y el desarrollo de las áreas urbanas se realizó a costa del medio rural (sí, tengámoslo siempre presente), al cual se drenó de recursos naturales y energéticos, de fuerza de trabajo y, aunque no lo parezca, de capital financiero. La contabilidad del sistema bancario español habla a las claras de como los exiguos depósitos captados en las provincias rurales menos prósperas nutrieron, y continúan haciéndolo, la inversión crediticia de sus homónimas urbanas más opulentas, incrementando de paso el potencial de crecimiento de estas últimas. En definitiva, asistimos a un proceso de desarrollo territorial desequilibrado, que alentó el abandono y la degradación del mundo agrario, pensando simple y llanamente que el progreso consistía en sustituir una realidad económica pretérita por otra nueva, sin reparar en los efectos medioambientales de tal forma de proceder. Y nos dimos de bruces, claro. Lo paradójico de la situación actual es que no pocos ilustrados se empeñen en argumentar la falsedad del calentamiento global y del cambio climático, y que destacados líderes institucionales sigan reivindicando la concentración de recursos públicos en las pobladas y florecientes áreas urbanas. Tal vez, cuando los devastadores incendios de nueva generación llamen a la puerta de sus casas, cambien de opinión, aunque lo deseable sea no llegar tan lejos.
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