M. Sánchez
Siempre hacia el Atlántico
SENDA 0011
Estas últimas semanas he vuelto, de madrugada y a escondidas del sueño, a construir algo con mis propias manos. Un proyecto pequeño, sin más ambición que la de existir, que hago por gusto y no por obligación. Y he redescubierto una sensación que tenía medio olvidada: la de equivocarme muchas veces seguidas en algo que no domino, borrar, empezar otra vez y, de pronto, entender. No sabría explicar bien por qué me hace tan feliz. Solo sé que llevaba tiempo sin sentirlo.
Lo cuento porque creo que le pasa a mucha gente y casi nadie lo dice. A medida que uno asciende en cualquier oficio, va dejando de hacer para dedicarse a decidir. Es ley de vida y en buena parte es sano: para eso se sube, para tener una visión más amplia, para ordenar el bosque en lugar de mirar cada árbol. Pero en ese viaje se pierde algo silencioso y valioso. Se pierde el contacto con la materia. Se pierde el olor del trabajo de verdad, ese que solo se huele con las manos dentro.
He conocido a muchos directivos, y me incluyo, que llevan años sin tocar aquello sobre lo que deciden. Hablan del producto sin usarlo. Opinan del oficio sin practicarlo. Y no es que se vuelvan malos en su labor, es que se vuelven abstractos. Empiezan a dirigir un mapa en lugar de un territorio. Y el mapa, por bueno que sea, nunca huele a nada.
Frente a eso, volver a ser aprendiz me parece una de las decisiones más sanas que un adulto puede tomar. No hablo de nostalgia ni de bricolaje de fin de semana. Hablo de reservarse, deliberadamente, un rincón donde uno vuelve a ser torpe. Un sitio donde no manda, donde no sabe, donde el título que lleva en la tarjeta no sirve absolutamente para nada. Un lugar donde la única autoridad es hacerlo bien, y donde hacerlo bien cuesta, y frustra, y por eso mismo enseña.
Porque mantener las manos en la masa no es solo un placer. Es también una forma de honestidad. Quien sigue haciendo entiende de verdad lo que pide a los demás. Sabe cuánto cuesta una tarea que desde el despacho parece trivial. No confunde lo fácil de mandar con lo fácil de ejecutar, ni el problema que se resuelve en un minuto con el que se lleva una tarde entera por dentro. Y cuando felicita a alguien de su equipo, felicita con conocimiento de causa, no con la cortesía distante del que nunca ha estado ahí abajo, sudando el detalle.
En Galicia entendemos esto mejor que en casi ningún sitio, aunque a veces no lo pongamos en
palabras. Venimos de una cultura del oficio, de gente que sabía hacer con las manos: la piedra, la madera, la red, la tierra, el pan. Personas que no separaban el pensar del hacer porque para ellas era la misma cosa. Esa dignidad del que sabe hacer no es una postal del pasado. Es una manera de estar en el mundo que corremos el riesgo de perder si convertimos el trabajo en pura gestión de otros que trabajan.
No propongo que nadie renuncie a crecer ni que un responsable vuelva a hacer la tarea del primer día, sería absurdo y además injusto para quien la hace ahora mejor que él. Propongo algo más modesto y más difícil: no dejar morir del todo al que hacía. Guardar viva esa parte. Dedicarle un tiempo pequeño y sagrado, aunque no sea rentable, aunque no salga en ningún informe, aunque nadie lo vea. Precisamente porque nadie lo ve es cuando de verdad es tuyo.
Lo curioso es lo que ese rato devuelve. Uno cree que va a perder el tiempo y vuelve con la cabeza más despejada para todo lo demás. La torpeza recordada nos hace más pacientes con la de los otros. El esfuerzo por aprender algo nuevo nos rejuvenece por dentro más que cualquier receta. Y la humildad de no saber, que de jóvenes sufríamos como una condena, de mayores se agradece como un raro privilegio: el de seguir teniendo cosas por delante.
Así que estas madrugadas, mientras borro y empiezo otra vez algo que se me resiste, he pensado que ojalá no se me pase nunca esta manía. La de necesitar, de vez en cuando, mancharme las manos. Porque uno no deja de aprender cuando se hace mayor. Se hace mayor, de verdad, el día que deja de aprender. Y ese día, si de mí depende, pienso retrasarlo todo lo que pueda, una masa cada vez.
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