Xavier Castro
A MESA Y MANTELES
Vida de una trabajadora en una fábrica conservera
Mientras entre ataúdes se mantiene Aloysius enfrascado en las desventuras de un gallego llamado Antonio Hitler llega a nuestras manos una información sobre los médicos responsables de la salud y la enfermedad de uno de los protagonistas más terribles de la historia del pasado siglo XX. Karl Brandt se doctoró en Medicina y Cirugía en 1928, especializándose en Traumatología y más concretamente en lesiones de la cabeza y la columna vertebral. Ingresó en el partido nazi y formó parte de las temibles SS, llegando a ocupar el cargo de Comisionado para Sanidad y Salud, un rango de la máxima autoridad sanitaria del Tercer Reich.
Desde 1934 fue uno de los médicos personales de Adolf Hitler, al que visitaba habitualmente como miembro de su círculo más cercano. Pero su fama más triste lo relaciona con la administración del programa de eutanasia Aktion T-4, la ejecución sistemática de ancianos, dementes, enfermos incurables o niños deformes mediante gas o inyecciones letales, en asilos, hospitales y manicomios. Como criminal de guerra fue condenado en los Juicios de Nuremberg, y ejecutado mediante la horca en 1948.
Pero mucho más estrecha fue la relación del dictador nazi con Theodor Morell, que se convirtió en su médico personal desde 1936 hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Personaje digno de un guión cinematográfico, previamente había disfrutado del reconocimiento y los favores del Sha de Persia, Rehza Shah Palavi, que lo había invitado a ser su médico personal. Sin embargo, Hitler confiaba plenamente en él, a pesar de que algunos de sus colegas lo consideraban un auténtico charlatán. Sus tratamientos fueron controvertidos y poco convencionales, ya que administraba a su paciente infinidad de medicamentos como hormonas, vitaminas, sedantes, opioides y estimulantes, como metafentamina. Una de ellas, de marca Pervitin®, fue ampliamente utilizada por el ejército alemán debido a su capacidad para aumentar la energía y combatir la fatiga. Sin embargo, a largo plazo, sus efectos resultaron devastadores, provocando dependencia, paranoia, agotamiento y trastornos mentales.
Hitler comenzó a recibir inyecciones de Pervitin® en 1943. Su abuso pudo exacerbar sus temblores, cambios bruscos de humor y los posibles trastornos neurológicos que lo atormentaron al final de sus días, así como su comportamiento errático y sus decisiones estratégicas irracionales al final de la conflagración mundial. Y aunque no fuera su intención, algunos expertos opinan que con sus terapias Morell contribuyó notablemente al deterioro físico y mental de Hitler en sus últimos años. El mejor aliado de los aliados.
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