Memorias

CAMPO DO DESAFÍO

Publicado: 16 may 2026 - 02:40
Opinión en La Región
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Presentaba libro Alfredo Conde, “Memorias desafogadas”, en la librería Tanco. El libro, casi una fotobiografía, es una colección de ciudades visitadas que sirven, a Alfredo, para escribir sobre sí mismo, de su inconformidad natural y de su sensibilidad precavida a fuerza de encontronazos. Tras una larga etapa de silencio, el país vuelve ahora a acordarse de Alfredo, a premiarle; el último, el José Luis Alvite de Columnismo, o el Puro Cora. Y no habrá quien los discuta, porque él es uno de los autores mayores de la palabra escrita. Toda la literatura de Alfredo es un rodeo para amoldar sus experiencias y sensaciones, ¿habrá otro escritor con la sensualidad más a flor de piel?, en unas tramas y personajes circunstanciales. En “Memorias desafogadas”, Conde da rienda suelta a sus idas y venidas, desde el nacimiento, un tanto lejano ya, en Allariz, a los penúltimos y copiosos reconocimientos en países y universidades lejanas. A fuerza de seguir escribiendo libros y sostener varias columnas en la prensa diaria, Alfredo autogestiona su propia memoria, que es la forma de evitar rendir pleitesías.

En la memoria y sin alejarnos demasiado de Tanco, en una ciudad que se extasía mirándose por el retrovisor, está la catedral de san Martín. Le he dedicado algún tiempo estos días. He subido a su torre campanario y recorrido el pequeño y acogedor museo, observado la arquitectura y la función lumínica del cimborrio y asombrado en la capilla del Santo Cristo –“un aspecto, más que mágico, irreal”, escribió Julio Llamazares- o, en el altar mayor, ante el gran retablo atribuido a Cornelius de Holanda. La catedral de Ourense es también, para no pocos “flâneurs” de la ciudad, más un producto de la memoria, y ésta de fábrica literaria, que un templo donde acudir a rezar, a reconciliarse un rato consigo mismo o, como yo he hecho, para revisar el inventario de belleza, fe y esfuerzo allí acumulados.

Alguien dijo que el ourensano encuentra en la parroquia el humus más acorde con su fe, el ámbito próximo y tranquilizador. La catedral de Ourense es, en cambio, un lugar institucional, desmesurado, hueco y materia difícil de manejar por los artistas. Para captar la esencia de esta mole insertada entre las construcciones del casco antiguo y los paredones mediocres que se le echan encima desde los desmontes de San Francisco, es oportuno acudir a Eduardo Blanco Amor en “La catedral y el niño” (1948), o al testimonio de Otero Pedrayo y las ilustraciones de Jaime Quesada, en “Orense” (1966). La catedral, junto a su entorno inmediato, es todavía un enigma que precisa ser desentrañado, explicado, cuidado y mostrado. La gran joya desconocida en la memoria colectiva por construir.

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