Luis Carlos de la Peña
CAMPO DO DESAFÍO
Memorias
CAMPO DO DESAFÍO
Presentaba libro Alfredo Conde, “Memorias desafogadas”, en la librería Tanco. El libro, casi una fotobiografía, es una colección de ciudades visitadas que sirven, a Alfredo, para escribir sobre sí mismo, de su inconformidad natural y de su sensibilidad precavida a fuerza de encontronazos. Tras una larga etapa de silencio, el país vuelve ahora a acordarse de Alfredo, a premiarle; el último, el José Luis Alvite de Columnismo, o el Puro Cora. Y no habrá quien los discuta, porque él es uno de los autores mayores de la palabra escrita. Toda la literatura de Alfredo es un rodeo para amoldar sus experiencias y sensaciones, ¿habrá otro escritor con la sensualidad más a flor de piel?, en unas tramas y personajes circunstanciales. En “Memorias desafogadas”, Conde da rienda suelta a sus idas y venidas, desde el nacimiento, un tanto lejano ya, en Allariz, a los penúltimos y copiosos reconocimientos en países y universidades lejanas. A fuerza de seguir escribiendo libros y sostener varias columnas en la prensa diaria, Alfredo autogestiona su propia memoria, que es la forma de evitar rendir pleitesías.
En la memoria y sin alejarnos demasiado de Tanco, en una ciudad que se extasía mirándose por el retrovisor, está la catedral de san Martín. Le he dedicado algún tiempo estos días. He subido a su torre campanario y recorrido el pequeño y acogedor museo, observado la arquitectura y la función lumínica del cimborrio y asombrado en la capilla del Santo Cristo –“un aspecto, más que mágico, irreal”, escribió Julio Llamazares- o, en el altar mayor, ante el gran retablo atribuido a Cornelius de Holanda. La catedral de Ourense es también, para no pocos “flâneurs” de la ciudad, más un producto de la memoria, y ésta de fábrica literaria, que un templo donde acudir a rezar, a reconciliarse un rato consigo mismo o, como yo he hecho, para revisar el inventario de belleza, fe y esfuerzo allí acumulados.
Alguien dijo que el ourensano encuentra en la parroquia el humus más acorde con su fe, el ámbito próximo y tranquilizador. La catedral de Ourense es, en cambio, un lugar institucional, desmesurado, hueco y materia difícil de manejar por los artistas. Para captar la esencia de esta mole insertada entre las construcciones del casco antiguo y los paredones mediocres que se le echan encima desde los desmontes de San Francisco, es oportuno acudir a Eduardo Blanco Amor en “La catedral y el niño” (1948), o al testimonio de Otero Pedrayo y las ilustraciones de Jaime Quesada, en “Orense” (1966). La catedral, junto a su entorno inmediato, es todavía un enigma que precisa ser desentrañado, explicado, cuidado y mostrado. La gran joya desconocida en la memoria colectiva por construir.
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