Frases cínicas, discursos sensibleros… inacción

Publicado: 16 may 2026 - 00:40
Opinión en La Región
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Hay frases que retratan a un gobierno entero. No hacen falta largos discursos ni complicadas ruedas de prensa. Basta una sola frase. “Murieron a causa de un accidente laboral” (vicepresidenta del Gobierno, Sra. Montero, dixit). Y de pronto queda al descubierto toda la distancia moral entre quienes viven protegidos por escoltas y quienes se juegan la vida en una patrullera frente al narcotráfico. No, no fue un “accidente laboral”. No se cayó un archivador en un ministerio ni hubo un percance burocrático entre funcionarios. Fueron agentes de la Guardia Civil asesinados mientras cumplían su deber frente a mafias cada vez más violentas, más poderosas y más envalentonadas. Llamarlo “accidente laboral” no es un error técnico: es una obscenidad política.

El problema no es solo la frase. El problema es lo que revela. Revela un poder político instalado en la comodidad del lenguaje frío, incapaz de llamar a las cosas por su nombre cuando hacerlo tiene coste ideológico. Porque reconocer la gravedad real de lo ocurrido implicaría admitir algo incómodo: que España lleva años dejando prácticamente solos a muchos guardias civiles frente al narcotráfico.

Después llegó la indignación oficial. “Estoy rabioso”, dijo Marlaska. Perfecto. Pero la rabia de un ministro sirve de muy poco cuando va seguida de la inacción de siempre. Porque las palabras no patrullan costas, no persiguen narcolanchas y no protegen agentes. Los discursos emocionados duran un informativo; la falta de medios, décadas.

Mientras tanto, la Guardia Civil continúa atrapada en una situación insultante. Uno de los cuerpos más exigidos, más desplegados y más expuestos del Estado sigue sin ver reconocido plenamente el carácter de profesión de riesgo que sí poseen otras policías. Y aquí conviene decir algo evidente: nadie discute el trabajo de mossos o ertzainas. Nadie. Lo que resulta escandaloso es que todavía haya responsables políticos capaces de fingir que perseguir narcotraficantes, combatir terrorismo, vigilar fronteras o enfrentarse al crimen organizado no implica un riesgo extraordinario.

¿A qué nivel de cinismo hemos llegado para negar algo tan elemental?

España tiene la mala costumbre de utilizar a la Guardia Civil como símbolo cuando conviene y olvidarla cuando toca legislar. Se les exhibe en homenajes, se les dedica un minuto de silencio y después vuelven las excusas presupuestarias, las evasivas parlamentarias y la cobardía política habitual. Mucha medalla, mucho pésame y muy poca dignidad institucional. Y quizá eso sea lo más grave: la sensación de que algunos dirigentes no entienden realmente lo que significa vestir un uniforme y salir cada día sin saber si se vuelve a casa. O peor aún: que sí lo entienden, pero consideran más rentable políticamente mirar hacia otro lado.

Un Estado decente no responde con tecnicismos cuando matan a sus agentes. Responde con autoridad, con respaldo y con respeto. Lo demás es propaganda vacía. Porque cuando unos guardias civiles mueren embestidos por criminales, hablar de “accidente laboral” no es prudencia política. Es degradación moral.

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